04 noviembre 2009

"A propósito de la lectura de El margen del cuerpo". Crítica de Natalia Figueroa en La Calle Passy

A propósito de la lectura de El margen del cuerpo
Por Natalia Figueroa



Poesía de mujeres jóvenes en Chile. Existe. Y abunda, no obstante la omisión de que ha sido objeto de parte de estándares críticos masculinos, poco denunciados y tal vez inconscientes aunque plenamente constatables a través de los mapas o códigos de lectura que de la poesía chilena vienen generando los críticos literarios y en los cuales las poetas son las grandes ausentes. Visiones incompletas y quién sabe si por lo mismo erradas, llevan a preguntar por el grado general de masculinización que se cierne sobre el panorama poético chileno, desde el punto de vista de la recepción de lo que los críticos insisten en llamar “poesía joven chilena” cuando en realidad están hablando de “poesía de hombres jóvenes de chile”. Esto por una parte, pues, en un intento de equilibrar posturas, es necesario decir, frente a la abundancia de voces femeninas, que ser mujer, escribir y, en muchos casos, publicar un libro, no es suficiente a la hora de hablar de calidad. Claro que tratándose de poéticas emergentes lo común es alegar generosidad en el comentario en razón del coraje a la hora de publicar un libro en el marco de una escritura que por su juventud está en formación. Al tanto de estas y otras cuestiones que difícilmente sabría decir si responden más a complicidades piadosas entre personas que a la valoración de propuestas escriturales tangibles, creo que vale siempre recordar, más allá del hecho de que las casas editoras necesiten publicar tal cantidad de libros por año y que en este sentido sus validadas apuestas siempre estarán afectas a relativización, recordar digo, que un libro debiera bastarse por sí solo, y no en virtud de la experiencia de su autor o de su casa editora, sino del planteamiento esbozado en él y del mayor o menor logro y autenticidad que este alcanzare en ese intento que incorporará sobre todo en poesía, una relación de dependencia entre forma y contenido.

Desde esta conceptualización básica sino rústica, me atrevería a decir que a la poesía de mujeres le falta mucho para traspasar el margen en que se encuentra confinada en razón de una mezcla entre sus deficientes y tendenciosas maneras de expresión, y de las líneas críticas imperantes, lo que por cierto, en nada justifica la omisión de la crítica en relación a excepcionales publicaciones. A modo general, constato cierta tendencia al extravío que bien puede ser radicalizada con fines ilustrativos, considerando los dos extremos en que suelen caer las poéticas de mujeres. Por una parte, en un desborde sentimental no canalizado ni regularizado, que si bien transmite en muchos casos una cadencia genuina, a la hora de entrar al análisis de la materia involucrada, opera en contra de cualquier concreción lograda de decir algo, volviéndose los poemas, en muchos casos, profusos en reflexiones errabundas que se pierden en variaciones prosódicas dentro de una imaginería profusa que finalmente conduce a ningún lugar sino a su propia mostración, cual en la ópera clásica las coloraturas establecidas como el momento de virtuosismo que la cantante tenía para lucirse. Por otra parte, en la expresión de ideas o reflexiones en verso, donde el despliegue consciente, me atrevería a decir, de inteligencia, decanta en textos sesudos que ilustran una instrumentalización escrituraria, por cuanto reducen la expresión poética a un modelo que se arma para decir lo que se piensa, como quien trabajara desde cierta idea programática de la poesía.

Es desde esta disyuntiva que rescato el libro de Florencia Smiths, El margen del cuerpo, como paradigmático de una conjunción lograda y sostenida, entre la rítmica alcanzada y su contenido textual; todavía considerando que la esencia de la rítmica, dada desde la dríada repercusión (golpe) y resonancia (eco), como efectos con que reacciona la mente en acto de conocimiento, activando un campo tópico complejo que muestra la manera en que surge en el sujeto una experiencia de sustancia mental, se encuentra plenamente incorporada en los presupuestos temáticos del libro, relacionados con el acto de nombrar y contemplarse a sí mismo en el acto de poner nombre. De esta forma, si bien El margen del cuerpo, a primera vista, se trata de un texto que puede inscribirse en una constante temática identificable, cual es la del cuerpo como territorio escritural; debe estarse en guardia pues no se está acá, como indica la tendencia, frente a una victimización femenina imposibilitada de toda apertura en virtud de una culpa que siendo del mundo, del entorno, de los padres, en fin, de otro, genera que el cuerpo sea, escrituralmente hablando, un territorio corrupto, degradado, violentado, mutilado, etcétera; sino que inscribiéndose el hablante poético en el margen, y siendo el margen no sólo aquello donde algo termina sino también desde lo cual algo comienza a ser lo que es, se nos presenta una visión interiorizada en pos de la búsqueda de un lenguaje propio que siempre está más allá y desde cuyo seguimiento se intenta decir, siendo la única culpabilidad posible, la que pudiera tener la propia hablante si se desviara del dictado de ese lugar desde el cual se asoman y emergen las palabras en su totalidad inasible. Planteado en estos términos, y en medio de un panorama que tiende a decantar en delirios violentistas que nos muestran degradación e imposibilidad achacadas al mundo y que escasamente, según pienso, cuestionan los límites y hegemonía que esa victimización impone a la propia escritura en pos de una verdadera construcción de lenguaje, viene este libro, editado de manera independiente, a recordarnos que la poesía femenina, realizada en su justa medida y sin programas de por medio, sí tiene qué decir en nuestro medrado aunque productivo medio poético.

Natalia Figueroa

03 octubre 2009

[El margen del cuerpo]. Por José Ignacio Silva

Publicado hoy sàbado 3 de octubre de 2009.
En: LA CALLE PASSY, revista virtual de crìtica literaria.
(pinchar acà para leer en sitio original)


El margen del cuerpo
(Editorial Fuga, 2008) es el primer libro de la poeta Florencia Smiths (San Antonio, Chile, 1976). Interesante e intenso poemario, las siguientes críticas a cargo de José Ignacio Silva y Natalia Figueroa, sitúan sus reflexiones a partir de un decir infantil, anterior a las convenciones del nombre el primero, y desde el lugar marginal que aún ocupa la escritura de mujeres en el ámbito de la poesía chilena joven la segunda.



Cartografía del reverso. Por José Ignacio Silva

Tarde o temprano, el poeta visita y revisita el lugar donde se genera la materia prima del misterio. En algún momento de su vida, el poeta intenta acercarse y aprehender todo lo que sea posible aprehender en ese lugar oculto e inefable donde se origina la palabra poética, intenta mapear el dictado, cartografiar el momento en el que la palabra llega sin pedir permiso. Sucede con frecuencia en los poetas aficionados y escritores amateurs, que tras jugar un rato con la palabra, tras haber ordenado de forma novedosa algunos símbolos, se deslumbran con los engranajes de la literatura, y los glorifican, moldeando una molesta y limitada superconciencia de la literatura y sus posibilidades. El poeta, en su asombro irresoluto y perenne escarba los muros insalvables de la palabra y su azarosa ocurrencia en el poema.

Hay que señalar que la fascinación (o a veces malestar) ante este súbito nombrar no es patrimonio de las plumas noveles, sino que ha cautivado afanes y configurado obras completas. Ese impulsivo afán de develar el enigma de la palabra poética y su ocurrencia es el motor que mueve los versos de El margen del cuerpo (Ed. Fuga, 2008), primer poemario de la poeta y profesora de castellano Florencia Smiths (San Antonio, 1976). Smiths debuta en el formato del libro individual, pero no es una aparecida en el cosmos de la poesía nacional, pues ya se ha hecho un nombre participando durante casi una década, en una serie de antologías y encuentros poéticos.

Smiths plantea un prosa poética, en la que recorre de forma trepidante el salto valiente a la poesía, el fortuito encuentro con el ejercicio del decir desde un tierno origen, la niñez. Smiths inaugura el recorrido con la referencia a las palabras: De pronto se encontró con las palabras. Estaban allí, en ese lugar que no suele darles, en esa construcción velada por no poder enmarcarse, por no saberleerloscortes, el desparpajo de un cuerpo cosido con ilaciones que nunca usó, calladas atroces, de estructuras desencajadas, rudas.

El poema fluye como un recorrido a tientas, como un palpar de ciego en las turgencias de la poesía. La niña topa con el deseo de nombrar, topa con la otredad, con el tiempo y sus eventos perdidos, sufre por no haberlos significado con lenguaje, angustiándose por no haber contado con una perfección ilusa, Porque si tan sólo le enseñasen a hablar de nuevo. A mirar. A tocar. A decir. Si tan sólo le enseñasen a amar de nuevo para no culparse, para no competir con su naturaleza múltiple. Si le enseñasen a abrazar, a decir siempre lo que encausa, lo que evita, lo que busca. Sufrimiento y maravilla ante el surgimiento de la poesía como un modo de ordenar el mundo y configurar una existencia, Pero todo llega hasta cuando escribe, entonces siente que encuentra y que estampa y que la negación sólo reside en el momento en que su poema se le escapa para que de nuevo ella tenga que cavar, abrir, nadar, adentrarse.

El recorrido que hace la autora al interior de este limbo poético nunca es concreto, por definición no puede serlo. No puede ser definible ni delimitable, dada la esencia de la poesía, de su creación y del acto de escribirla. El misterio reside en ese loco afán de tratar de unir los puntos que se van difuminando de forma constante. Un afán donde se prefiere la inseguridad al inconformismo, y querría preferir el caos, la catarsis de la soga, el rasgueo de un lápiz hasta la envergadura de una auténtica destrucción, sin embargo se atreve, no lee de memoria, comprende la ficción de lo dicho, saca el habla, no sabe quien suena desde dentro, camina por el terreno limpio y cuadriculado hasta la convulsión, reconoce en el cuerpo del muerto aquello padecible, transable para el recuerdo, pero no soporta no saber registrar, tal como fue, el paso desde una aparente resignación (por no saber, por no ser capaz) a una inseguridad de escoger (por tener que elegir, por designar).

La autora comparte una bitácora de un viaje sin timón y en el delirio, como dijera el poeta mexicano Mario Santiago, nos da su propia versión de un ejercicio intransferible –hablan sus imágenes, habla su yo, sus circunstancias, su persona y tiempo- al que otros dijeron que no, y lo envidiaron, como hizo y escribió Enrique Lihn pensando en Rimbaud (acaso el epítome más total del enfrentamiento con la poesía, con el agregado y rotundo gesto de su negación total).


Florencia Smiths ha elegido convertir su opera prima en el reverso de su palabra poética, ha elegido convertir su primer libro individual en la caja con instrucciones de un juego donde el recorrido es incierto en medio de la espesura, donde la pregunta por la poesía se asemeja a la pregunta por la realidad, pero insoslayable, sin negociaciones ni arreglos posibles. Florencia Smiths recorre el tablero armada de su cuerpo, sus sentidos, sus pulsiones, sus márgenes, Sólo tiene que entrar. Tiene que romper. Tiene que parir.


José Ignacio Silva A (Santiago, 1980). Periodista y crítico literario. Ex editor periodístico del sitio web de Plagio (www.plagio.cl), colaboró en revistas como Grifo, Revista de Libros y Artes y Letras de El Mercurio. Actualmente escribe en El Periodista, Plagio, Dossier, Revista UDP y cursa el Magíster de Edición de Libros en la misma UDP, -donde estudió la carrera de Literatura Creativa y fue incluido en la antología de poesía y cuento "Voces germinales" (2003)-, además de trabajar en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (Dibam).

07 agosto 2009

Sobre "El margen del cuerpo", por Gladys González


Sobre “El margen del cuerpo” de Florencia Smiths
Editorial Fuga, 2008, 50 pp.


Por Gladys González


Florencia Smiths (San Antonio, 1976, Licenciada en Educación y Pedagogía en Castellano, Universidad de Playa Ancha) en su primera entrega poética “El margen del cuerpo” nos evoca a un diario vida, a una infancia seccionada, a un imaginario femenino y sutil que nos invita a recorrer a través de la mano de una niña de nueve años -y como contrapartida simbólica, de una mujer que atrinchera su corazón como resistencia a la memoria de la niñez- que pasea como personaje y se yergue como cicatriz sobreviviente de las experiencias de su propio relato.

Es un libro en una constante búsqueda e introspección, de lectura y prosa difícil, a veces críptica que, sin embargo, atrapa al lector ávido -no al que busca una interpretación rápida, tal como Smiths señala en uno de sus versos: ensaya un poema/ con el dedo del silencio/ nadie te verá- es necesario imbuirse en el imaginario de la poeta, descubrir la belleza inquietante de sus textos y de cada una de sus pequeñas muertes remendadas en la página.

Es un ejercicio de autobiografía y de tensión, caída y alza, un lugar en el que todos hemos estado y del que sólo algunos sobreviven: Hay alguien que arma/ los papeles que yo rompo/ las venas que yo corto/ las cosas que no digo/ alguien escribe escondido/ los poemas que no hago/ llora lo que no puedo/ grita. Una muestra de templanza, misterio, dulzura, valentía y gracia sigilosa que se agradece y disfruta por la entrega y entereza arrojada que Florencia Smiths hace en cada poema, en cada letra que forma la caligrafía de sus poemas.

* * *


De “El margen del cuerpo”


Porque si tan sólo le enseñasen a hablar de nuevo. A mirar. A tocar. A decir. Si tan sólo le enseñasen a amar de nuevo para no culparse, para no competir con su naturaleza múltiple. Si le enseñasen a abrazar, a decir siempre lo que encausa, lo que evita, lo que busca. A empinar los brazos cuando haga el amor y la noche le reviente toda encima para hacerla dueña, para que le enseñen a pertenecer sin posesión. Si le enseñasen a tomar el peso de sus manías, de sus desalojos, de sus gráficas tachadas por los que no saben, por los que no la ocupan. Si le mostrasen de nuevo la infancia desde fuera y no a los nueve, el escándalo que personificó cuando supo el deceso, cuando miró y nadie estaba allí para decirle que eso era la muerte y que detrás estaba la más absoluta soledad y el desengaño. Probó ahuyentar al miedo. Probó preferir a la muerte. Probó desperdigarse por un cuerpo mayor combinando lo hondo del foso más oscuro y la pureza más brutal de pequeñas vírgenes. Sin embargo nadie le enseñó a vivir así. Tuvo que educarse para combatir esa dual desidia, esa doble batalla de elegirse opuesta y correr el riesgo de suspender –acaso siempre- la otra mitad. Entonces se dijo, si tan sólo le enseñasen a reflejar esas construcciones alteradas de la manera en que a los niños les enseñan a distinguir entre lo propio y lo ajeno, entre el día y la noche, entre el deseo y la afección, y en su caso, esas descripciones que se derrumbaban frente a sus ojos, fuesen una alternativa contra la pereza, antídoto contra ese régimen introspectivo, desagravio para que la audacia que hay en sus ojos jamás sea confundida con soberbia; para cantar de verdad la noche, el cuerpo vivo, la somnolencia de la soledad tras la cara. Si le enseñasen a gritar ella podría valerse de las dudas y saciar esa nefasta ingenuidad que la aterra. Pero todo llega hasta cuando escribe, entonces siente que encuentra y que estampa y que la negación sólo reside en el momento en que su poema se le escapa para que de nuevo ella tenga que cavar, abrir, nadar, adentrarse. Por eso pide que tan sólo le enseñen a reconocer, a intuir con sosiego una evidencia, un pulso. Sólo tiene que entrar. Tiene que romper. Tiene que parir. No le enseñen a parir.


Prefiere la inseguridad al inconformismo. El aliento de una mirada que la desea. El sabor del agua mezclada con barro (de esa noche, de esa calle). Una gota roja que viene desde donde se ha cosido la carne. Ella querría preferir el caos, la catarsis de la soga, el rasgueo de un lápiz hasta la envergadura de una auténtica destrucción, sin embargo se atreve, no lee de memoria, comprende la ficción de lo dicho, saca el habla, no sabe quien suena desde dentro, camina por el terreno limpio y cuadriculado hasta la convulsión, reconoce en el cuerpo del muerto aquello padecible, transable para el recuerdo, pero no soporta no saber registrar, tal como fue, el paso desde una aparente resignación (por no saber, por no ser capaz) a una inseguridad de escoger (por tener que elegir, por designar).


Está puesta como llaga que corta la línea, y ni siquiera hunde, pero a poco calcina. Torcida, huraña, puesta allí por años, un cuadro de consonantes dispares, disímiles en su ritmo, incómoda de permanecer, como diente entre cuchillos –las encías sangrando-, puesta sólo con sus rasgos, sin ámbitos delineados, solamente abatida y convertida toda en nervio, toda en cuello, tendón, parálisis, complexión del trazo ajeno porque no es su mano, porque parece que fueran sus dedos, pero sabe que le están dictando desde dentro.


La imagen de la que habla, de la que ha dicho demasiado y por lo tanto, de la que ha invadido, ha vuelto a encajar en su cuerpo, la ha vuelto a encarcelar. Aunque se atrevió, aún hay un gesto que le delata el silencio, aunque mueva la boca y diga eso, y simule responder y aportar los datos necesarios e ineficaces, sabe que la plática es una mutilación, que las referencias son todas prestadas, que no se puede narrar de verdad ninguna noche, que las palabras se le secan saliendo por los labios, apegándoseles ahí, en las comisuras, como costras; porque hay imágenes que la someten y engañan y no puede ahondarlas, aún si tuviesen el brillo de ciertas horas que prefiere o la dulzura informe de un epíteto escogido. Pero ella dice, ha dicho, que el acto aprendido la subraya, que no sabía, como toda dueña, que estaba escrita entera, que a tientas buscaba en su cuerpo, como en el espejo, el alfabeto de sus muertes, de sus inusitados compases, de sus complejas intenciones, de una infancia senil. Sabe que, asimismo, ansía el despojamiento de una vena fría, un desamparo a los nueve, la cruda apariencia de una duda, las noches asustadas en la materia insomne de sus pasajes. Es eso de no creer más nada, de no amoldarse y desobedecer las estructuras con que la visten, es la docilidad de un beso instintivo, la elección de un temperamento escindido, de un carácter anómalo, inválido, fragmentado.


Entonces cayó, cayó esa imagen, venerada hasta la convulsión, exhibida, estrenada hasta lo absurdo, así como las entrañas suelen posarse en una vitrina mohosa que agolpa la sangre. Es imposible que se escriba tal como se vio, aún es improbable que se la deje de ver, porque está y permanece allí: la estafa, la carencia, ranura de párpados y boca descompaginada, grietas en la sonrisa que ya no ríe, el surco que deja una silenciada cuando se le escarba o factura la muerte.


Publicado en http://www.letras.s5.com

21 julio 2009

Reseña en g r i f o, por Marcelo Mellado.


El margen del Cuerpo
Florencia Smiths. Editorial Fuga, 2008, 50 pp.

Por Marcelo Mellado


El margen del cuerpo, ópera prima de la poeta Florencia Smiths (1976), delata la estructura de un cuadernillo arcaico y exiguo, de notas descentradas, algo caídas o sin ubicación exacta, en una zona precaria. Apuntes perdidos en el vértice o al pie de la página, sin dar explicaciones de su pertinencia.


En esta obra, el poema es uno: un largo aliento que se construye como la estrategia de un saber, como la búsqueda intensa de algo que no está. Es la construcción de un cuerpo faltante que sólo se recupera en la paradoja de su ausencia. Así nos otorga la lectura de una poesía compleja y vigorosa, que nos propone un claro punto de vista desde donde situarse, en una escena poética-cultural que no da tregua.






Revista GRIFO
(descárguela)
número 15
Julio 2009
UDP

04 julio 2009

Un diario de la nada. En: La Nación.


LETRAS
Viernes 3 de julio de 2009

Por Fernanda Donoso / La Nación


En "El margen del cuerpo", Florencia Smiths elude una forma, una estructura. Es y no es poesía. Una poesía disfrazada de prosa, y una prosa que se niega a ser prosa. Hay una insistencia en este libro que recuerda a lo lejos un libro de Piglia, un cuento largo o una novela corta donde se desclasificaba el discurso de una mujer que era testigo de un crimen. Es ése el tipo de insistencia: hay una niña de nueve años que ve algo, y ese algo puede ser la muerte. Un trauma, el choque con lo inexplicable, una luz negra.

También es una niña de nueve años que está en la portada, una niña antigua como una muñeca que tiene en brazos a otra muñeca, un intermitente presentimiento de muñecas rusas, unas dentro de otras, como secretos. Editorial Fuga editó este libro que de algún modo es un cuadernillo de papel reciclado que sugiere todo el tiempo una escritura personal, una especie de diario de la nada, del no decir, del negarse a explicar o explicitar, una exploración en lo indecible que a ratos resulta convencional -ese tipo de lenguaje que habla de "suturas" e "hilaciones"-, y a veces tiene todo el talante del mensaje encriptado que se declara escrito en clave, casi como un pedido de auxilio.

Prácticamente no hay cosas concretas en "El margen del cuerpo": es un mundo sin diálogos, sin argumentos, un minimalismo intransigente que opta por una sensación onírica, obsesiva, pocas imágenes, caminar hacia el límite, un aire de encierro. "Por eso se toma todo el tiempo para el silencio", diría ella.

"Sabe que sólo hay fragmentos y que en ese esquema hay un control que esconde manías y piezas que faltan", escribe más allá. "Le han derramado la vida a los nueve", dice. "Se la han develado y ahora lo sabe. Ha llorado al tocar a un animalito en pánico, porque sabe tanto del miedo, porque por primera vez ha visto lo que hace realmente el miedo al cuerpo".

Florencia Smiths (San Antonio, 1976) es una de las más respetadas voces poéticas de las nuevas generaciones en Chile. Malú Urriola afirma: "En este inquietante libro, Smiths entreabre la puerta del intangible lugar donde se efectúa el ejercicio de la poesía". Y Florencia establece su propia clave en uno de sus poemas con menos palabras: "Ella no quiere volverse / un sinónimo más / en este cuaderno de poemas". Un asterisco frente a la palabra "poemas", señala a pie de la página de papel reciclado: "Mapa, función, cuartilla, plana, atlas, panfleto, encrucijada o al margen".



EL MARGEN DEL CUERPO
Florencia Smiths
Editorial Fuga
Santiago, Chile, 2008
49 páginas





Publicado acá.

30 junio 2009

La cuerda


A las niñas les gusta saltar


Tráeme una cuerda todas tienen costra en la rodilla
se ahorcan al grito de un árbol se juntan en ese lugar
con el mismo vestido rajado con el mismo piñén
frotan las mismas manos brutas de dolor
con esa vocecita de cuenta regresiva comiéndose
las uñas


salta la de turno pienso en ellas y me pego como
mosca
como si fuera una hembra con canicas que revientan
trae una es cosa de elegir quién parte
mientras la la la esa canción suave mentirosa
me rebana


ponte aquí
sólo esta vez vuelvo a saltar
aunque gane
perdiéndote



El corte


La cuerda se cree mujer se hace la soga
zurcida de negro pasea sin membrana
abre la pierna que le falta
reclama el ausente
con su nervio con las ganas vuelve a ser vena
Se to ca
despacio
mueve un pie desnudo de muerta
Cocina arroz
cocina arroz
no sabe más


Ella se amarra en la cama con caballos
que la montan
se corre salta
duerme enterita quebrada
sin entender si tuvo
cuáles fueron, un día
los nombres



En la capacha


Ninguno para mí
ni uno ni uno
ni el mil de los doscientos
dice la tirada
la flower adicta
niña sin pestaña guardadita en su carrusel
se conversa en posición para dos
con la ventana en el espacio
trizado


Te fuiste cuando yo cuerda no era cuerda
clavada a un muro de lamento
mientras doblo tu última camisa azul
no por azul sino por tuya



Y sigo no estando cuerda
luego te lo digo como última mala idea


Ninguno para mí ninguno
daddy i lost you
escribí en la cocina
tráeme un labial para marcarte entero
con un número
con un fuego de ganado
para que nunca te vayas siempre te sepa
y no puedo seguir en este rincón
donde paran las cuerdas
respiro polvo tanto
nada de olor nada
que sea tuyo



El crimen de la cuerda


Eco de nunca más te sigo el rastro llena de suturas

Violento la pierna sin cuerda, la arrastro agazapada
rotunda
Tus pasos duros se apagan en la distancia, sin
volumen
abiertos con cuchillo cartonero
y nosotros abiertos abiertos
Ahoguémonos en esta línea blanca
deshilachada
recta en su dirección
matando en contra para ella misma


Y el crimen es que nada me debas
Volamos con el viento igual que llanto de cuerda
que no sabe de su sombra perdió los nombres
y se sigue moviendo
z u m

moviendo



Lorena Tiraferri

17 junio 2009

Hacer Sapito



"Padre, salve, salve!
En un solo día te odié
y te amé más que
a persona alguna."
Sófocles


***************



Mi casa es una
entera casa miento
está rota y negra
como los ojos de
Dios la hizo
partida en cuatro
ojos dos hijos
velan



Nunca voy
a perdonarla
por decir
mamá
primero voy
nunca
segundo- dijo
papá



Es igual a la madre que
no es madre es llenadora
de cabezas huecas
con mierda hay que limpiarles
la boca antes de hablar
de mí porque soy yo
el único
que supo conseguir, los laureles
y las hará jurar
con gloria
conglomerado de conchas
vos, tu madre, tu abuela
mi futura nieta seguir
calladas



Hija mía
y de una gran
perra
¿dónde enterraste los huesos
que todavía, estaban vivos?
sos el mejor amigo del hombre
y soy tu padre
dámelos
quiero mis huesos
sin tierra
que parezcan marfil
hija mía
¿bajo arena
o cavaste un pozo
en el océano?
dámelos dámelos ya
hija
-los enterré en mi cuerpo
papá



***************


Verónica Viola Fischer (abril, 1974)
Hacer Sapito
Editorial Nusud, 1995

11 junio 2009

El fulgor

Video animación a partir de dos poemas de Bracea, de Malú Urriola.