26 agosto 2010

Palabras al borde. Por Roberto Bescós.






La sensación del borde, asomarse al borde de las palabras, de la respiración. Es lo primero que nos asalta al ir sumergiéndose en el tejido de la escritura de Smiths. Ocurre que cuando circulamos en un terreno tangible vamos determinando las sombras y la luces que en torno se reflejan pero con la dimensión sintáctica sólo podemos transitar sobre la cuerda en el lomo del abismo.

En el 2008 se produce la publicación de la primera edición de la obra "El Margen del Cuerpo", Editorial "Fuga" (Santiago), de Florencia Smiths. Ella nació en San Antonio en el año 1976, profesora de Castellano y licenciada en educación de la Universidad de Playa Ancha de Valparaíso (2002). Anterior a la aparición de su primer libro ha publicado en diversas antologías de la poesía joven, como Antología Poética Universidad de Playa Ancha (2002), "El Mapa no es el Territorio", antología de la joven poesía de Valparaíso, dirigida por Ismael Gavilán (Edit. Fuga, 2007), Escrituras Públicas (Economía de Guerra, 2008). Ha participado además en innumerables encuentros y lecturas públicas de poesía.

Florencia en cierta oportunidad intentó definir el oficio solitario que acomete diciendo que "La poesía es la contradicción. Es la tristeza y la muerte, pero también el placer y el privilegio. Pero, tampoco creo que sea eso... Es decir, no quiero explicarme lo que es, no quiero hablarme... no puedo saberlo, no puedo comprenderlo". Es que se advierte en lorencia la preocupación de dilucidar su propio cometido transitando por posiciones que pueden traducirse por lo que expresa Malú Urriola: "No conozco más vida que esta de sentarme a escribir y no sé por qué me siento, y no sé por qué escribo, no sé por qué me siento y escribo, como una fatalidad escribo". En la ruta del escribir, esta cosa inútil, desesperada y maravillosamente inútil, la soledad. Margueritte Duras lo plantea: "La muerte o el libro".

Florencia Smiths sostiene su escritura pespunteando, titubeando magníficamente. Ella alude y elude, dice y no dice: "De pronto se encontró con las palabras. Estaban allí, en ese lugar que no suele darles, en esa construcción velada por no poder enmarcarse, por no saber los cortes, las distribuciones". Así empieza la trayectoria de un texto de factura simétrica y exploratoria en donde la autora le imprime a la escritura la intención del que relata a tientas, como rozando con la yema de los dedos los objetos, los signos, en este caso la punta del vestido de las palabras. Texto que al desmenuzar presentimos las claves que le alimentan, los desbordes, los balbuceos: "el ruido cortado que infunde el lápiz cada vez que se hace al margen".

El libro de Smiths es un especimen raro, limpio de giros que nada puedan significar, intransitando en el tópico, veraz por ende. En un estilo inusual, de elocuencia muda, con el titubeo como método, Smiths utiliza la grafía con pausas, detenimientos, echando el puente entre el decir y la articulación. Florencia discurre, se abre a una certidumbre ciega: "Cómo será - se pregunta - una vida de importancias, un aprender a escribir siempre por vez primera, analfabeta, ignorante, holgazana de su propia conciencia; vaciada, contenida, prohibida para asir".

Es interesante el rompimiento, el desempaquetamiento de las formas individualizadas como clásicas con las que son identificadas la poesía como poesía y la prosa como prosa. El interespacio, la posibilidad "técnica" de la ambigüedad como género es un rasgo en la escritura que maneja Smiths en su "inquietante libro", cometido que es halagueño para quienes nos disgutan los encasillamientos. Es lícito tal vez, con el temor de caer también en el círculo de las definiciones aventuradas, apuntar a que Florencia ensaya la poesía, es decir, "presiente las palabras que se avecinan".-

Publicado por Roberto Bescós, en Diario local EL ESPECTADOR.

16 agosto 2010

Tatuaje, por Daniel Hidalgo.


O CÓMO ENTIENDO LA LITERATURA DE MUJERES A PARTIR DE EL MARGEN DEL CUERPO DE FLORENCIA SMITHS

Por esas ideas extrañas que a veces acuden a mi cabeza, tomé durante el año pasado en el Magíster en Literatura que cursaba en la Universidad de Chile (hablando de ideas extrañas), un ramo que era para el Magíster de Estudios de Género. Debo reconocer que, más allá de que algunas clases iban a estar dictadas por Nelly Richard, en realidad me gustó más la idea de tener muchas compañeras y así no aburrirme y sucumbir tanto en los nodos teóricos que escupen en las clases de este tipo de carreras. Primer punto a tener en cuenta: al menos en eso, le achunté. Resultó que me divertí increíblemente en las clases, algunas compañeras eran muy guapas, otras muy tiernas, y llegué a ser una especie de mascota confesora dentro de la clase, un extraterrestre adorable al que jamás le fue negado contacto alguno, a pesar de no lograr salir con ninguna de ellas. Comprobé, además –porque lo intuí siempre–, la existencia de una categoría de nueva chica militante del discurso femenino, dueña de una retórica –a diferencia de las estudiantes de literatura en donde el coa académico anula y ridiculiza cualquier matiz político– combativa, un híbrido entre callejero y político-teórico, pero terriblemente encantadora a la vez.
Otro punto: Mis antiguos profesores universitarios en Valparaíso, aquellos que enseñaron los códigos de teoría literaria y estética a los profesores que hoy no enseñan algo ni remotamente parecido a sus alumnos en colegios y liceos (sí, estudié pedagogía en castellano), pertenecían a esa escuela teórica ochentera que descubrió la literatura de mujeres desde la academia como último caballito de batalla posible en un contexto de vacío, silenciamiento, y agotamiento de las escuelas anteriores. Recuerdo a una profesora prohibiéndonos usar la expresión “poetisa” durante una disertación, porque de aquí en adelante “la poeta” sería la forma de equiparar el tortuoso trabajo femenino de escritura con el horrendo masculino.
Esas son las divagaciones previas que se me aparecen como fantasmas de medianoche, al momento de enfrentarme a la primera publicación de la poeta de San Antonio, Florencia Smiths (1976), la cual recibe el nombre de El margen del cuerpo (Editorial Fuga, 2008), detalle nada de azaroso, su título, tomando en cuenta que a lo largo de sus textos, poemas en prosa y en verso, de menor y larga extensión, será centro la idea del cuerpo femenino como soporte de textos ligados a la tradición de escritura de género, a la manera de tatuajes que se estampan sobre la superficie de su propia figura.
“De pronto se encontró con las palabras” será la línea que abrirá el texto, evidenciando cierto método de producción que la autora sostendrá como ars poetique a lo largo del libro. Una estrategia, por lo demás, borgiana, en donde Smiths se alimenta de sus lecturas para articularlas entre ellas y exponerlas, posteriormente. Nótese, desde ya, la marca de género implícita en este libro como eco del acto de escritura de mujeres en general: la biblioteca occidental, aquella con la que el viejo Borges pretendía crear un mundo propio y nicho evasivo, pero que además materializó como un ejercicio constante de conformación de un listado canónigo de textos que terminarían construyendo nuestro imaginario común y occidental, es concebido como un espacio –el de la casa, de la ciudad, de la sociedad– profundamente masculino, al que la niña hablante de estos relatos, entra por casualidad, infiltrándose, topándose con ellos, los libros, y sorprendiéndose con esas primeras lecturas. Ese encontrarse con la palabra es siempre encontrarse “ella”, larvaria, silenciosa y lectora, con la palabra de un “otro”.
A propósito del tema, recuerdo una de las conversas más melancólicas y alucinadas que tuve con una amiga, en la cual se quejaba de la idea que ciertos productores textuales tenían de “la musa” y de su búsqueda desenfrenada y obsesiva. Pensé que bromeaba y le consulté sobre si en la academia, en los talleres literarios, e incluso en las juntas de pubs para poetas, aún alguien creía en la patética idea de una musa –bajo esa concepción homérica de súper-chicas inspiradoras de música, poesía y deseo, escapadas de un olimpo pequeñoburgués–. Tras su afirmación, me dijo que para los poetas, la musa lo era todo, y era el peor karma que podía caer sobre la mujer, una injusticia machista de proporciones cósmicas. A pesar de que sólo asentí, en realidad, siempre pensé lo contrario: recurriendo al campo histórico-biográfico, las Laura, las Elisa, las Matilde, no eran más que el boceto insoportable en el que los poetas de la historia terminaron evidenciando sus patéticas patologías. Nada peor que se te cruce una musa en tu camino. Es por esto que rara vez, creo en el padecimiento amatorio de los versos de la Ibarbourou o la Storni, porque si hay algo que sabe hacer bien una mujer de letras, es destrozar un corazón deseoso y volver medio loco a quien se le ocurra enamorarse de ella.
Volviendo a lo de Florencia y su idea de lo metatextual, observaremos en El margen del cuerpo, a modo de citas y de estilo, así como de diálogo también, los distintos referentes a los que la poeta sanantonina busca rendir homenaje y encontrar afiliación: una tradición femenina principalmente del siglo pasado, aquellas lecturas tempranas de esta incipiente lectora que es la voz de estos textos, en la que sobresalen los nombres de Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou, Marguerite Duras y Gabriela Mistral, principalmente. Un canon-otro del cual se vale para reinstalar, como sus precursoras, el tema de lo femenino desde una perspectiva doméstica, dolorosa y erótica, a través de poemas que van desde la apropiación de la lengua –masculina–, mediante la resistencia, como en el siguiente caso:
“ella no quiere volverse
un sinónimo más
de este cuaderno de poemas”
O mediante el intento práctico, como en este otro:
“cómo será (…) un aprender a escribir siempre por vez primera”
Así también, las páginas de este libro estarán marcadas por constantes guiños, sutiles, al autoflagelo, que simbolizan, por una parte, la imposibilidad de abordar el lenguaje; y por otra, la de establecerse como sujeto autónomo femenino. Cito:
“sujetada a esta vida por las muñecas
la corta el silencio
se derrama lenta”
Se evidencia en este punto que aquel margen del cuerpo es, también, su cicatriz, el tatuaje que jamás desaparece. La idea de renuncia al cuerpo por medio de la intervención y la destrucción de ese todo idealizado y perfecto.
Es quizá ésta, una de las razones por la cual Florencia Smiths se aleja de sus pares contemporáneos en poesía. Por responder a una tradición alterna, que realiza un salto de unos cuarenta años en cuanto a la producción de literatura de mujeres, y que le permite una dinámica de trabajo en la que simula aquel momento histórico que libró las primeras batallas en cuanto a la corporalidad del texto y a las inquietudes de la mujer contemporánea y su repensar como ser humano, crítico, pensante y dialogante. Smiths escribe desde ese margen, ese borde, el de la sexualidad de la escritura, pero a la vez de aquel espacio territorial alejado de la performance vaginocéntrica capitalina, para abordar el tema del lenguaje y la mujer desde la provincia, esa casona abandonada y húmeda, estancada en el tiempo y en cuyo living descansa una biblioteca anómala de un lenguaje propio y ajeno a los códigos de la vida moderna.

Daniel Hidalgo
Revista literaria virtual

01 abril 2010

El sujeto en construcción. Por Julieta Marchant.



Aproximaciones a la poesía de Florencia Smiths: el sujeto en construcción


Escritura femenina


No hablaré de la poesía escrita por mujeres en Chile como entrada a estas aproximaciones. Pero sí me parece necesario mencionar que resulta sospechoso ubicar al mismo nivel la poesía escrita por mujeres con la poesía femenina. Citada hasta el cansancio la afirmación de Beauvoir sobre que una no nace mujer, sino se hace, y situados desde el más arcaico acercamiento a la teoría de género, pensando en Joan Scott y en la distancia que separa al sexo del género; podríamos hablar de la literatura de Smiths como poesía femenina pues en el poema la mujer, afirmándose en su identidad de género, va urdiéndose y armándose. Podríamos también ubicarnos en la línea de Judith Butler, aludiendo a la conciencia del cuerpo como construcción, atravesada por la cultura y las convenciones. Desde Butler, el cuerpo es inimaginable fuera del espacio cultural que lo norma: la búsqueda mítica de un sujeto prediscursivo que funda la separación entre la naturaleza y la cultura o entre el sexo y el género, deviene en un gesto artificioso, como si en él pretendiéramos encontrar un lugar seguro para sostener los binarismos. Tanto desde Beauvoir como desde Butler, la identidad genérica es un proceso, y como tal está sujeta a cambios. Fijar dicha identidad no sería más que una regulación social que delata parámetros y deberes.


Este breve preludio no es gratuito: la poesía de Smiths parece tener plena conciencia del ir haciéndose que, en el caso de las mujeres, se sitúa en un camino pedregoso y repleto de otredades. Pero no sólo eso: en Smiths, además, está presente el tema del lenguaje que, en el caso de una escritura que apunta a lo femenino, resulta un conflicto fundamental. Aunque suene a chiste repetido, sabemos del peligro que acecha cuando confiamos en la referencialidad de la lengua. En el caso de lo femenino, el peligro es doble: “Exige el descenso a una misma con un discurso prestado: el del productor” (Bellesi 9), es decir, las mujeres, insertas en un lenguaje que no alcanza a la cosa en sí, están asimismo ancladas a la norma del discurso del patriarcado. Diana Bellesi confía en que la escritura femenina “fundará una nueva escritura” (9), desde la posición del outsider, situado al margen, fuera de la normatividad que presiona la sexualidad de las mujeres. Pero para que ello se produzca, y sabiendo de antemano que resulta imposible escribir fuera del lenguaje que es en sí un mecanismo utilizado por el poder, ha de existir la conciencia del centro, de la regla que pretende homogenizar los discursos. Para salir de ahí es inevitable el cuestionamiento, incluso el merodeo, las vueltas y revueltas. O como propone Hèléne Cixous, “[s]i la mujer siempre ha funcionado «en» el discurso del hombre, (…) ha llegado el momento de que disloque «en», de que lo haga estallar, le dé la vuelta y se apodere de él” (59). Esto es conocer sus mecanismos internos para darlos vuelta desde adentro, operando como un modo distinto, un nuevo acceso a los hilos delgados y siempre débiles de la palabra.




El lenguaje: registro y resistencia


En el caso de Smiths aquello es muy evidente. Podríamos decir que su apelación al lenguaje como lugar equívoco y, a pesar de ello, ineludible, la separa de gran parte de la poesía escrita en Chile por poetas emergentes mujeres. La duda aparece una y otra vez, es un gesto curvo y a veces circular de auto-reflexión: “que las referencias son todas prestadas, que no se puede narrar de verdad ninguna noche, que las palabras se le secan saliendo por los labios” (El margen del cuerpo, 33) o “sabe que no son denominaciones únicamente suyas” (El margen del cuerpo, 23). Esta condición de préstamo evidencia un sujeto que, en la búsqueda de lo propio, sabe de un posible fracaso al sumergirse en el lenguaje, pero que, a pesar de esto, habla y nombra. Dicha conciencia parpadea sucesivas veces, hace decaer la voz, que nuevamente se alza por dos motivos fundamentales. El primero radica en la escritura como refugio, quizá como único refugio posible: “Pero todo llega hasta cuando escribe, entonces siente que encuentra” (El margen del cuerpo, 16) y, en el mismo verso, el segundo motivo, la necesidad de registrar: “y que estampa”. Este libro en particular revela la necesidad imperante de registrar, de recuperar la memoria, de dejar una huella de lo propio como una ruta de búsqueda y encuentro: “anotar, en todas las direcciones, vehemente, en las paredes y sus planas, sin cotejo, sin diccionario ni normas, registrar, hasta el cansancio” (El margen del cuerpo, 37).


En su desesperación, anota en todas direcciones; en su necesidad incomensurable de registro, El margen del cuerpo se transforma en un cuaderno semejante a los diarios de vida de infancia que dan cuenta de esa memoria privada que constituye al sujeto. Ello es más obvio aún cuando notamos probablemente uno de los leiv motiv del libro: recoger los retazos de una niña de nueve años que se ha quedado ahí, en los nueve, huellada por la muerte, por el suceso mismo de la muerte que le ha dado como un golpe en la cara. La pérdida del padre y, en esa carencia, la voz que se sumerge y nada en la búsqueda de sí en tanto niña, en tanto mujer, en tanto sujeto que posee un sólo modo de dejarnos un documento: el lenguaje. Pero ella no se conforma, forcejea con el lenguaje, con sus propios recuerdos y faltas, y consigo misma. Como Pizarnik y sus otras hablándose: “alejandra alejandra/ debajo estoy yo/ alejandra” (65), Smiths también apela a la multiplicidad de voces: “La que sale por su cara le ha dicho que todas ahí adentro están alborotadas” (El margen del cuerpo, 26). Esto es un sujeto en construcción, descentrado, compuesto por varios hilos que no siempre se mantienen alineados, sino al contrario, conforman una madeja, de la cual la voz toma una punta para desovillarse.


Ahora bien, no todas las voces que habitan pertenecen al mismo orden: “pero sabe que le están dictando desde adentro” (El margen del cuerpo, 27). Existe, como en el gesto desesperado de registrar, una mecanización de la voz o tal vez una de ellas que pretende unificar, aunar y centrar. Desde allí podemos entender el símbolo de la mano que aparece en este libro: como mutilada del cuerpo, escribe y escribe, automáticamente intenta anclar la inscripción: “su mano, se aprende las líneas de memoria” (28); “el baile de una mano que aterriza en la loza” (35). Esa mano mecanizada y la voz que presiona por homogenizar, se vinculan a la resistencia que está presente en todo el escrito: “dejar atrás lo ajeno, esa otredad que también la fomenta, para desasirse de las señas que le imponen, de los gestos que no son suyos pero que le obligan a cometer” (20). Como Bellesi y como las demás teóricas citadas anteriormente, Smiths confía en un espacio de resistencia. A pesar de todos los peros, éstos son plenamente concientes: pero el lenguaje, pero la imposición de un centro, pero el deber ser. Frente a ello, el registro de las cavilaciones, del proceso mismo que es recuperación de la historia privada; la resistencia de Smiths es finalmente dejar un huella: “Ella no quiere volverse/ un sinónimo más/ en este cuaderno de poemas”, quiere ampliarse y derramarse, no definirse porque “[e]staba el mundo mal escrito, distribuido en mal papel, anclado a nombres fugados” (11); no definirse, digo, porque el nombre implica una fuga, pero sí dar cuenta del arme y desarme del sujeto femenino.




De la extrema irregularidad


Este despliegue de forcejeos y de una lúcida conciencia del camino pedregoso que implica el espacio de lo femenino, es más duro e incluso violento en una reciente publicación de la autora: el poema “Las Muertas”, incluido en la Plaquette De la extrema irregularidad (San Antonio: Editorial Economías de Guerra, 2009). Aquí la voz derechamente interpela al otro, al contrario de lo que sucede en El Margen del cuerpo, donde el posible encuentro consigo misma implica un diálogo hondo y prolífico con lo propio. El poema abre con un “Tú/ tú me vas/ tú me vas a venir a decir a mí/ que estoy prestada” (sin numeración), en una apelación inmediata a un otro evidentemente masculino y opresivo. La voz que vimos en El margen del cuerpo, en ocasiones desnuda y mostrando costuras en su autorreconocimiento, recubierta de sí misma, y a la vez abierta; acá se cierra y se potencia para defenderse: “me vas a venir a decir/ que tengo la voz hecha un hilo/ apenas un silbido de páramo desierto”. Nuevamente se delata la conciencia aguda del lugar otorgado a las mujeres; frente a esta resistencia, pero no sólo eso, sino también la negación: “esa palabra que me creció hinchada/ y que dice No/ que se dice No/ que se sabe No/ que se inventa No”.


Este poema posee un giro muy preciso o quizá forma un círculo: comienza con esa apelación violenta, luego parece exhibir su condición precaria (“porque estoy prestada/ porque no sé decirme dejar de expeler así/ porque no sé darme de comer cuando hace frío”); y finalmente regresa a la inicial resistencia. Pero ese regreso contiene un cambio: cuando ha vuelto a ocupar el espacio combativo, la mujer se ha transformado: “me doblo y me incomodo y pareciera que fuese a/ quedarme en el desjuste/ y sigo ensayando hasta hincharme y endurecerme”. Aquí se revela la más importante de las negaciones y lo que provoca que no retorne exactamente al mismo lugar: su condición de ensayo y, sobre todo, el riesgo de desacomodarse, saliendo del parámetro y de la condición de préstamo, del encierro en algo que no le pertenece.


Así, tal como en El Margen del cuerpo, acá se da cuenta de una mujer-femenina en construcción. En este caso el recorrido pareciera encerrado en el triple movimiento mencionado anteriormente: resistencia, aceptación y resistencia de nuevo. Este último giro contiene en sí una conciencia más potente de la necesidad de salir del centro, del poder impuesto; por ello implica una transformación. Son los últimos versos los que nos dan la clave: “he de aprender a darme/ a mentirme/ a abrigarme/ a decirme/ a cantarme/ a conducirme/ a definirme/ esos son los verbos que nunca olvidamos/ es sólo que la historia nos hizo suponerlo/ es sólo que no estaba contemplado demorarse”. He de aprender a definirme, como un deber ser: la voz anuncia que debería, pero que ese quehacer se relaciona con la historia que intenta fijar. Demorarse, entonces, implica la noción de proceso, de estar armándose.


Ambos trabajos están estrechamente conectados. Podríamos perdernos en formalidades como el cambio de prosa a verso, o la distancia que poseen en cuanto a ritmo interno, a la música que emerge de ambos textos; pero no es suficiente. En el fondo, en los hilos más profundos, en las hebras articuladoras de ambos, notamos direcciones semajantes. Ejes que podrían situarse en un margen, pero ya no un margen inmóvil (que de esos abundan), sino de un espacio que está interconectado con el que pretende ser centro, que lo interpela y lo conoce. En medio de esos tira y afloja entre lo propio y lo ajeno, existe una mujer de nueve años (en El margen del cuerpo), o una que simboliza la violencia de la que ha sido presa (en “Las Muertas”), pero una mujer al fin y al cabo que, en el conocimiento de sí misma, deja un documento de su proceso constitutivo. Smiths no se mueve entre certezas, porque desconfía y duda de lo que la rodea y de lo que carga adentro; esa capacidad de sospecha es parte considerable de su poética y provoca que su escritura reluzca notoriamente en nuestro escenario literario actual.


Julieta Marchant (Santiago de Chile, 1985). Licenciada en Literatura por la Universidad Diego Portales. En el año 2008 obtiene la beca de la Fundación Pablo Neruda, y se desempeña como productora general de la revista literaria Grifo. En el año 2009 organiza, junto a Alexia Caratazos, el ciclo “desbordes: encuentro de arte femenino”; dirige la revista Grifo; y publica su primer libro de poesía: urdimbre (Valparaíso: Ediciones Inubicalistas, 2009). Actualmente trabaja en la Universidad Diego Portales y cursa sus estudios de Magíster en Literatura en la Universidad de Chile.


Publicado en LA CALLE PASSY, blog de literatura y crítica literaria contemporáneas, el 15 de febrero del 2010.

La materialización de una polisemia.


EL MARGEN DEL CUERPO DE FLORENCIA SMITHS


La palabra como herramienta fundamental del oficio de escribir, es en la más sutil de las concepciones una ágil daga que atraviesa los sentidos, este es uno de esos casos en que un autor, nos toma fuerte de las manos o simple y llanamente nos empuja dentro de los laberintos de su existencia, verso tras verso, en un poema o línea tras línea en prosa.


Florencia Smiths nos sobrecoge en una prosa poética desencarnada, a ratos áspera, adjetivada y vigorosa. Nos arrastra a situaciones vividas por un alter ego sensible. Surge la duda lógica de quién describe a quién: Si es el Yo lírico que observa con sesgo de crueldad al sustrato real donde esta contenido, así las cosas, jugando el rol de observador impasible o una persona que utiliza la poesía como acto de catarsis infructuosa.


El sesgo de crueldad es tangible en las adjetivaciones que menoscaban el actuar del otro, así es lector, hay un cisma que hace que el hablante lírico se describa como en tercera persona, esa falta de compasión divide el espejo de la realidad, creando la ficción de dos universos diferentes.


La catarsis de hablar, la sanación del espíritu como meta, es un albur que no se materializa, este cuerpo es vigilado por otra entidad al margen de él, recopila sus datos, sus experiencias, cruza el Rubicón cuantas veces sean necesarias para crear imágenes poéticas en el delicado arte de desnudar el espíritu, no falto de un ojo clínico rayando en lo científico:


“Escribiendo acude a las superficies, a la escara, a la sutura, puede nombrar cuanto existe, hacerlo existir, como si tuviese desde mucho antes la experiencia de la sintaxis, en contraposición de ese defecto de la adaptación”


No se debería pensar en que esto enfría el temple de la poeta, la pasión se encuentra explícita e implícitamente en extensos pasajes de esta obra:


“Tuvo que enseñarse a combatir esa dual desidia, esa doble batalla de elegirse opuesta y correr el riesgo de suspender acaso siempre- la otra mitad”


Se cree que la Poesía tiene la cualidad que posee el agua, en cuanto a la adaptabilidad del continente y el contenido, puede ser, que el yo poético subsista con esta cualidad dentro del cuerpo del poeta. No es este el caso. Y aquí descubrimos el primer significado de cuerpo, y porque está al margen, escindido de una manera fatal que se descubrirá en las últimas palabras de este libro.


El segundo significado es meramente estético, se nos presentan los textos en amplia mayoría como un párrafo compacto, en que hay poco espacio para el lúdico ejercicio de los silencios. Salvo, en los versos en que se crea un efecto de vacío que invita inevitablemente a la reflexión, no es un descanso a la mente escrutadora del lector, es la ductilidad del vértigo propio del avance del texto y del silencio.


Los márgenes en contraposición al texto, impresionan notablemente. Ese es el segundo significado del cuerpo.


Continuamos en esas líneas que nos imponen entereza, en ese filo del espejo que a veces, nos es imposible asir sin herirnos.



Crítica publicada en revista CINOSARGO, 18 febrero 2010.

04 noviembre 2009

"A propósito de la lectura de El margen del cuerpo". Crítica de Natalia Figueroa en La Calle Passy

A propósito de la lectura de El margen del cuerpo
Por Natalia Figueroa





Poesía de mujeres jóvenes en Chile. Existe. Y abunda, no obstante la omisión de que ha sido objeto de parte de estándares críticos masculinos, poco denunciados y tal vez inconscientes aunque plenamente constatables a través de los mapas o códigos de lectura que de la poesía chilena vienen generando los críticos literarios y en los cuales las poetas son las grandes ausentes. Visiones incompletas y quién sabe si por lo mismo erradas, llevan a preguntar por el grado general de masculinización que se cierne sobre el panorama poético chileno, desde el punto de vista de la recepción de lo que los críticos insisten en llamar “poesía joven chilena” cuando en realidad están hablando de “poesía de hombres jóvenes de chile”. Esto por una parte, pues, en un intento de equilibrar posturas, es necesario decir, frente a la abundancia de voces femeninas, que ser mujer, escribir y, en muchos casos, publicar un libro, no es suficiente a la hora de hablar de calidad. Claro que tratándose de poéticas emergentes lo común es alegar generosidad en el comentario en razón del coraje a la hora de publicar un libro en el marco de una escritura que por su juventud está en formación. Al tanto de estas y otras cuestiones que difícilmente sabría decir si responden más a complicidades piadosas entre personas que a la valoración de propuestas escriturales tangibles, creo que vale siempre recordar, más allá del hecho de que las casas editoras necesiten publicar tal cantidad de libros por año y que en este sentido sus validadas apuestas siempre estarán afectas a relativización, recordar digo, que un libro debiera bastarse por sí solo, y no en virtud de la experiencia de su autor o de su casa editora, sino del planteamiento esbozado en él y del mayor o menor logro y autenticidad que este alcanzare en ese intento que incorporará sobre todo en poesía, una relación de dependencia entre forma y contenido.

Desde esta conceptualización básica sino rústica, me atrevería a decir que a la poesía de mujeres le falta mucho para traspasar el margen en que se encuentra confinada en razón de una mezcla entre sus deficientes y tendenciosas maneras de expresión, y de las líneas críticas imperantes, lo que por cierto, en nada justifica la omisión de la crítica en relación a excepcionales publicaciones. A modo general, constato cierta tendencia al extravío que bien puede ser radicalizada con fines ilustrativos, considerando los dos extremos en que suelen caer las poéticas de mujeres. Por una parte, en un desborde sentimental no canalizado ni regularizado, que si bien transmite en muchos casos una cadencia genuina, a la hora de entrar al análisis de la materia involucrada, opera en contra de cualquier concreción lograda de decir algo, volviéndose los poemas, en muchos casos, profusos en reflexiones errabundas que se pierden en variaciones prosódicas dentro de una imaginería profusa que finalmente conduce a ningún lugar sino a su propia mostración, cual en la ópera clásica las coloraturas establecidas como el momento de virtuosismo que la cantante tenía para lucirse. Por otra parte, en la expresión de ideas o reflexiones en verso, donde el despliegue consciente, me atrevería a decir, de inteligencia, decanta en textos sesudos que ilustran una instrumentalización escrituraria, por cuanto reducen la expresión poética a un modelo que se arma para decir lo que se piensa, como quien trabajara desde cierta idea programática de la poesía.


Es desde esta disyuntiva que rescato el libro de Florencia Smiths, El margen del cuerpo, como paradigmático de una conjunción lograda y sostenida, entre la rítmica alcanzada y su contenido textual; todavía considerando que la esencia de la rítmica, dada desde la dríada repercusión (golpe) y resonancia (eco), como efectos con que reacciona la mente en acto de conocimiento, activando un campo tópico complejo que muestra la manera en que surge en el sujeto una experiencia de sustancia mental, se encuentra plenamente incorporada en los presupuestos temáticos del libro, relacionados con el acto de nombrar y contemplarse a sí mismo en el acto de poner nombre. De esta forma, si bien El margen del cuerpo, a primera vista, se trata de un texto que puede inscribirse en una constante temática identificable, cual es la del cuerpo como territorio escritural; debe estarse en guardia pues no se está acá, como indica la tendencia, frente a una victimización femenina imposibilitada de toda apertura en virtud de una culpa que siendo del mundo, del entorno, de los padres, en fin, de otro, genera que el cuerpo sea, escrituralmente hablando, un territorio corrupto, degradado, violentado, mutilado, etcétera; sino que inscribiéndose el hablante poético en el margen, y siendo el margen no sólo aquello donde algo termina sino también desde lo cual algo comienza a ser lo que es, se nos presenta una visión interiorizada en pos de la búsqueda de un lenguaje propio que siempre está más allá y desde cuyo seguimiento se intenta decir, siendo la única culpabilidad posible, la que pudiera tener la propia hablante si se desviara del dictado de ese lugar desde el cual se asoman y emergen las palabras en su totalidad inasible. Planteado en estos términos, y en medio de un panorama que tiende a decantar en delirios violentistas que nos muestran degradación e imposibilidad achacadas al mundo y que escasamente, según pienso, cuestionan los límites y hegemonía que esa victimización impone a la propia escritura en pos de una verdadera construcción de lenguaje, viene este libro, editado de manera independiente, a recordarnos que la poesía femenina, realizada en su justa medida y sin programas de por medio, sí tiene qué decir en nuestro medrado aunque productivo medio poético.


Natalia Figueroa


03 octubre 2009

[El margen del cuerpo]. Por José Ignacio Silva

Publicado hoy sàbado 3 de octubre de 2009. En: LA CALLE PASSY, revista virtual de crìtica literaria.
(pinchar acà para leer en sitio original)
El margen del cuerpo (Editorial Fuga, 2008) es el primer libro de la poeta Florencia Smiths (San Antonio, Chile, 1976). Interesante e intenso poemario, las siguientes críticas a cargo de José Ignacio Silva y Natalia Figueroa, sitúan sus reflexiones a partir de un decir infantil, anterior a las convenciones del nombre el primero, y desde el lugar marginal que aún ocupa la escritura de mujeres en el ámbito de la poesía chilena joven la segunda.

Cartografía del reverso. Por José Ignacio Silva


Tarde o temprano, el poeta visita y revisita el lugar donde se genera la materia prima del misterio. En algún momento de su vida, el poeta intenta acercarse y aprehender todo lo que sea posible aprehender en ese lugar oculto e inefable donde se origina la palabra poética, intenta mapear el dictado, cartografiar el momento en el que la palabra llega sin pedir permiso. Sucede con frecuencia en los poetas aficionados y escritores amateurs, que tras jugar un rato con la palabra, tras haber ordenado de forma novedosa algunos símbolos, se deslumbran con los engranajes de la literatura, y los glorifican, moldeando una molesta y limitada superconciencia de la literatura y sus posibilidades. El poeta, en su asombro irresoluto y perenne escarba los muros insalvables de la palabra y su azarosa ocurrencia en el poema.


Hay que señalar que la fascinación (o a veces malestar) ante este súbito nombrar no es patrimonio de las plumas noveles, sino que ha cautivado afanes y configurado obras completas. Ese impulsivo afán de develar el enigma de la palabra poética y su ocurrencia es el motor que mueve los versos de El margen del cuerpo (Ed. Fuga, 2008), primer poemario de la poeta y profesora de castellano Florencia Smiths (San Antonio, 1976). Smiths debuta en el formato del libro individual, pero no es una aparecida en el cosmos de la poesía nacional, pues ya se ha hecho un nombre participando durante casi una década, en una serie de antologías y encuentros poéticos.


Smiths plantea un prosa poética, en la que recorre de forma trepidante el salto valiente a la poesía, el fortuito encuentro con el ejercicio del decir desde un tierno origen, la niñez. Smiths inaugura el recorrido con la referencia a las palabras: De pronto se encontró con las palabras. Estaban allí, en ese lugar que no suele darles, en esa construcción velada por no poder enmarcarse, por no saberleerloscortes, el desparpajo de un cuerpo cosido con ilaciones que nunca usó, calladas atroces, de estructuras desencajadas, rudas.


El poema fluye como un recorrido a tientas, como un palpar de ciego en las turgencias de la poesía. La niña topa con el deseo de nombrar, topa con la otredad, con el tiempo y sus eventos perdidos, sufre por no haberlos significado con lenguaje, angustiándose por no haber contado con una perfección ilusa, Porque si tan sólo le enseñasen a hablar de nuevo. A mirar. A tocar. A decir. Si tan sólo le enseñasen a amar de nuevo para no culparse, para no competir con su naturaleza múltiple. Si le enseñasen a abrazar, a decir siempre lo que encausa, lo que evita, lo que busca. Sufrimiento y maravilla ante el surgimiento de la poesía como un modo de ordenar el mundo y configurar una existencia, Pero todo llega hasta cuando escribe, entonces siente que encuentra y que estampa y que la negación sólo reside en el momento en que su poema se le escapa para que de nuevo ella tenga que cavar, abrir, nadar, adentrarse.


El recorrido que hace la autora al interior de este limbo poético nunca es concreto, por definición no puede serlo. No puede ser definible ni delimitable, dada la esencia de la poesía, de su creación y del acto de escribirla. El misterio reside en ese loco afán de tratar de unir los puntos que se van difuminando de forma constante. Un afán donde se prefiere la inseguridad al inconformismo, y querría preferir el caos, la catarsis de la soga, el rasgueo de un lápiz hasta la envergadura de una auténtica destrucción, sin embargo se atreve, no lee de memoria, comprende la ficción de lo dicho, saca el habla, no sabe quien suena desde dentro, camina por el terreno limpio y cuadriculado hasta la convulsión, reconoce en el cuerpo del muerto aquello padecible, transable para el recuerdo, pero no soporta no saber registrar, tal como fue, el paso desde una aparente resignación (por no saber, por no ser capaz) a una inseguridad de escoger (por tener que elegir, por designar).

La autora comparte una bitácora de un viaje sin timón y en el delirio, como dijera el poeta mexicano Mario Santiago, nos da su propia versión de un ejercicio intransferible –hablan sus imágenes, habla su yo, sus circunstancias, su persona y tiempo- al que otros dijeron que no, y lo envidiaron, como hizo y escribió Enrique Lihn pensando en Rimbaud (acaso el epítome más total del enfrentamiento con la poesía, con el agregado y rotundo gesto de su negación total).



Florencia Smiths ha elegido convertir su opera prima en el reverso de su palabra poética, ha elegido convertir su primer libro individual en la caja con instrucciones de un juego donde el recorrido es incierto en medio de la espesura, donde la pregunta por la poesía se asemeja a la pregunta por la realidad, pero insoslayable, sin negociaciones ni arreglos posibles. Florencia Smiths recorre el tablero armada de su cuerpo, sus sentidos, sus pulsiones, sus márgenes, Sólo tiene que entrar. Tiene que romper. Tiene que parir.




José Ignacio Silva A (Santiago, 1980). Periodista y crítico literario. Ex editor periodístico del sitio web de Plagio (www.plagio.cl), colaboró en revistas como Grifo, Revista de Libros y Artes y Letras de El Mercurio. Actualmente escribe en El Periodista, Plagio, Dossier, Revista UDP y cursa el Magíster de Edición de Libros en la misma UDP, -donde estudió la carrera de Literatura Creativa y fue incluido en la antología de poesía y cuento "Voces germinales" (2003)-, además de trabajar en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (Dibam).

07 agosto 2009

Sobre "El margen del cuerpo", por Gladys González


Sobre “El margen del cuerpo” de Florencia Smiths
Editorial Fuga, 2008, 50 pp.

Por Gladys González

Florencia Smiths (San Antonio, 1976, Licenciada en Educación y Pedagogía en Castellano, Universidad de Playa Ancha) en su primera entrega poética “El margen del cuerpo” nos evoca a un diario vida, a una infancia seccionada, a un imaginario femenino y sutil que nos invita a recorrer a través de la mano de una niña de nueve años -y como contrapartida simbólica, de una mujer que atrinchera su corazón como resistencia a la memoria de la niñez- que pasea como personaje y se yergue como cicatriz sobreviviente de las experiencias de su propio relato.
Es un libro en una constante búsqueda e introspección, de lectura y prosa difícil, a veces críptica que, sin embargo, atrapa al lector ávido -no al que busca una interpretación rápida, tal como Smiths señala en uno de sus versos: ensaya un poema/ con el dedo del silencio/ nadie te verá- es necesario imbuirse en el imaginario de la poeta, descubrir la belleza inquietante de sus textos y de cada una de sus pequeñas muertes remendadas en la página.
Es un ejercicio de autobiografía y de tensión, caída y alza, un lugar en el que todos hemos estado y del que sólo algunos sobreviven: Hay alguien que arma/ los papeles que yo rompo/ las venas que yo corto/ las cosas que no digo/ alguien escribe escondido/ los poemas que no hago/ llora lo que no puedo/ grita. Una muestra de templanza, misterio, dulzura, valentía y gracia sigilosa que se agradece y disfruta por la entrega y entereza arrojada que Florencia Smiths hace en cada poema, en cada letra que forma la caligrafía de sus poemas.
* * *

De “El margen del cuerpo”

Porque si tan sólo le enseñasen a hablar de nuevo. A mirar. A tocar. A decir. Si tan sólo le enseñasen a amar de nuevo para no culparse, para no competir con su naturaleza múltiple. Si le enseñasen a abrazar, a decir siempre lo que encausa, lo que evita, lo que busca. A empinar los brazos cuando haga el amor y la noche le reviente toda encima para hacerla dueña, para que le enseñen a pertenecer sin posesión. Si le enseñasen a tomar el peso de sus manías, de sus desalojos, de sus gráficas tachadas por los que no saben, por los que no la ocupan. Si le mostrasen de nuevo la infancia desde fuera y no a los nueve, el escándalo que personificó cuando supo el deceso, cuando miró y nadie estaba allí para decirle que eso era la muerte y que detrás estaba la más absoluta soledad y el desengaño. Probó ahuyentar al miedo. Probó preferir a la muerte. Probó desperdigarse por un cuerpo mayor combinando lo hondo del foso más oscuro y la pureza más brutal de pequeñas vírgenes. Sin embargo nadie le enseñó a vivir así. Tuvo que educarse para combatir esa dual desidia, esa doble batalla de elegirse opuesta y correr el riesgo de suspender –acaso siempre- la otra mitad. Entonces se dijo, si tan sólo le enseñasen a reflejar esas construcciones alteradas de la manera en que a los niños les enseñan a distinguir entre lo propio y lo ajeno, entre el día y la noche, entre el deseo y la afección, y en su caso, esas descripciones que se derrumbaban frente a sus ojos, fuesen una alternativa contra la pereza, antídoto contra ese régimen introspectivo, desagravio para que la audacia que hay en sus ojos jamás sea confundida con soberbia; para cantar de verdad la noche, el cuerpo vivo, la somnolencia de la soledad tras la cara. Si le enseñasen a gritar ella podría valerse de las dudas y saciar esa nefasta ingenuidad que la aterra. Pero todo llega hasta cuando escribe, entonces siente que encuentra y que estampa y que la negación sólo reside en el momento en que su poema se le escapa para que de nuevo ella tenga que cavar, abrir, nadar, adentrarse. Por eso pide que tan sólo le enseñen a reconocer, a intuir con sosiego una evidencia, un pulso. Sólo tiene que entrar. Tiene que romper. Tiene que parir. No le enseñen a parir.

Prefiere la inseguridad al inconformismo. El aliento de una mirada que la desea. El sabor del agua mezclada con barro (de esa noche, de esa calle). Una gota roja que viene desde donde se ha cosido la carne. Ella querría preferir el caos, la catarsis de la soga, el rasgueo de un lápiz hasta la envergadura de una auténtica destrucción, sin embargo se atreve, no lee de memoria, comprende la ficción de lo dicho, saca el habla, no sabe quien suena desde dentro, camina por el terreno limpio y cuadriculado hasta la convulsión, reconoce en el cuerpo del muerto aquello padecible, transable para el recuerdo, pero no soporta no saber registrar, tal como fue, el paso desde una aparente resignación (por no saber, por no ser capaz) a una inseguridad de escoger (por tener que elegir, por designar).

Está puesta como llaga que corta la línea, y ni siquiera hunde, pero a poco calcina. Torcida, huraña, puesta allí por años, un cuadro de consonantes dispares, disímiles en su ritmo, incómoda de permanecer, como diente entre cuchillos –las encías sangrando-, puesta sólo con sus rasgos, sin ámbitos delineados, solamente abatida y convertida toda en nervio, toda en cuello, tendón, parálisis, complexión del trazo ajeno porque no es su mano, porque parece que fueran sus dedos, pero sabe que le están dictando desde dentro.

La imagen de la que habla, de la que ha dicho demasiado y por lo tanto, de la que ha invadido, ha vuelto a encajar en su cuerpo, la ha vuelto a encarcelar. Aunque se atrevió, aún hay un gesto que le delata el silencio, aunque mueva la boca y diga eso, y simule responder y aportar los datos necesarios e ineficaces, sabe que la plática es una mutilación, que las referencias son todas prestadas, que no se puede narrar de verdad ninguna noche, que las palabras se le secan saliendo por los labios, apegándoseles ahí, en las comisuras, como costras; porque hay imágenes que la someten y engañan y no puede ahondarlas, aún si tuviesen el brillo de ciertas horas que prefiere o la dulzura informe de un epíteto escogido. Pero ella dice, ha dicho, que el acto aprendido la subraya, que no sabía, como toda dueña, que estaba escrita entera, que a tientas buscaba en su cuerpo, como en el espejo, el alfabeto de sus muertes, de sus inusitados compases, de sus complejas intenciones, de una infancia senil. Sabe que, asimismo, ansía el despojamiento de una vena fría, un desamparo a los nueve, la cruda apariencia de una duda, las noches asustadas en la materia insomne de sus pasajes. Es eso de no creer más nada, de no amoldarse y desobedecer las estructuras con que la visten, es la docilidad de un beso instintivo, la elección de un temperamento escindido, de un carácter anómalo, inválido, fragmentado.

Entonces cayó, cayó esa imagen, venerada hasta la convulsión, exhibida, estrenada hasta lo absurdo, así como las entrañas suelen posarse en una vitrina mohosa que agolpa la sangre. Es imposible que se escriba tal como se vio, aún es improbable que se la deje de ver, porque está y permanece allí: la estafa, la carencia, ranura de párpados y boca descompaginada, grietas en la sonrisa que ya no ríe, el surco que deja una silenciada cuando se le escarba o factura la muerte.

21 julio 2009

Reseña en g r i f o, por Marcelo Mellado.


El margen del Cuerpo
Florencia Smiths. Editorial Fuga, 2008, 50 pp.

Por Marcelo Mellado

El margen del cuerpo, ópera prima de la poeta Florencia Smiths (1976), delata la estructura de un cuadernillo arcaico y exiguo, de notas descentradas, algo caídas o sin ubicación exacta, en una zona precaria. Apuntes perdidos en el vértice o al pie de la página, sin dar explicaciones de su pertinencia.




En esta obra, el poema es uno: un largo aliento que se construye como la estrategia de un saber, como la búsqueda intensa de algo que no está. Es la construcción de un cuerpo faltante que sólo se recupera en la paradoja de su ausencia. Así nos otorga la lectura de una poesía compleja y vigorosa, que nos propone un claro punto de vista desde donde situarse, en una escena poética-cultural que no da tregua.





Revista GRIFO(descárguela)
número 15
Julio 2009
UDP

04 julio 2009

Un diario de la nada. En: La Nación.


LETRAS
Viernes 3 de julio de 2009

Por Fernanda Donoso / La Nación


En "El margen del cuerpo", Florencia Smiths elude una forma, una estructura. Es y no es poesía. Una poesía disfrazada de prosa, y una prosa que se niega a ser prosa. Hay una insistencia en este libro que recuerda a lo lejos un libro de Piglia, un cuento largo o una novela corta donde se desclasificaba el discurso de una mujer que era testigo de un crimen. Es ése el tipo de insistencia: hay una niña de nueve años que ve algo, y ese algo puede ser la muerte. Un trauma, el choque con lo inexplicable, una luz negra.

También es una niña de nueve años que está en la portada, una niña antigua como una muñeca que tiene en brazos a otra muñeca, un intermitente presentimiento de muñecas rusas, unas dentro de otras, como secretos. Editorial Fuga editó este libro que de algún modo es un cuadernillo de papel reciclado que sugiere todo el tiempo una escritura personal, una especie de diario de la nada, del no decir, del negarse a explicar o explicitar, una exploración en lo indecible que a ratos resulta convencional -ese tipo de lenguaje que habla de "suturas" e "hilaciones"-, y a veces tiene todo el talante del mensaje encriptado que se declara escrito en clave, casi como un pedido de auxilio.

Prácticamente no hay cosas concretas en "El margen del cuerpo": es un mundo sin diálogos, sin argumentos, un minimalismo intransigente que opta por una sensación onírica, obsesiva, pocas imágenes, caminar hacia el límite, un aire de encierro. "Por eso se toma todo el tiempo para el silencio", diría ella.

"Sabe que sólo hay fragmentos y que en ese esquema hay un control que esconde manías y piezas que faltan", escribe más allá. "Le han derramado la vida a los nueve", dice. "Se la han develado y ahora lo sabe. Ha llorado al tocar a un animalito en pánico, porque sabe tanto del miedo, porque por primera vez ha visto lo que hace realmente el miedo al cuerpo".

Florencia Smiths (San Antonio, 1976) es una de las más respetadas voces poéticas de las nuevas generaciones en Chile. Malú Urriola afirma: "En este inquietante libro, Smiths entreabre la puerta del intangible lugar donde se efectúa el ejercicio de la poesía". Y Florencia establece su propia clave en uno de sus poemas con menos palabras: "Ella no quiere volverse / un sinónimo más / en este cuaderno de poemas". Un asterisco frente a la palabra "poemas", señala a pie de la página de papel reciclado: "Mapa, función, cuartilla, plana, atlas, panfleto, encrucijada o al margen".





Publicado acá.

07 junio 2009

Al margen del cuerpo, al margen del dolor.



Al margen del cuerpo, al margen del dolor.
Por Andrés Florit C.


..."Florencia Smiths, frente al desgarro vital, en este conjunto prefiere esconder la llaga haciendo poesía del “envoltorio”, de las palabras que no pueden dar cuenta de ese desgarro"...




El margen del cuerpo, ópera prima de Florencia Smiths (San Antonio, 1976) es un texto poético -escrito principalmente en prosa- que en lo personal me mantuvo en una suerte de umbral previo al poema, que se adivina pero que siempre está más allá y que no logramos alcanzar. Hay una conciencia lírica y delicada del oficio, de la búsqueda ciega de palabras que logren nombrar el dolor. Hay un paladear los recursos gramaticales, bordear el silencio y hablar desde el margen. “Estaba el mundo real escrito, distribuido en mal papel, anclado a nombres fugados”. O “porque si tan sólo le enseñasen a hablar de nuevo. A mirar. A tocar”. El conjunto mantiene una inteligente coherencia interna y un tono contenido, como si hablara después de haber agotado ya las lágrimas (indecibles) que son el prefacio no visible de estos (o este) poema. Cuando la hemorragia cesó, la poesía de Smiths es un cigarrillo en una pieza sola con la ventana abierta. O algo así. Una bocanada. Un envoltorio. “Pues era necesario despedirse, separarse y optar sólo por el envoltorio de la palabra (…) optar por esos soportes que no se ven , que no se escriben, acaso lo que nunca se dice”. Es una suerte de negación de lo elegíaco, un canto funerario que no se puede cantar, no sólo porque el dolor sea indecible, sino porque la hablante quiere aprender a cantar, estudiar solfeo, paladear las notas. La tercera persona acentúa esa distancia respecto de la emoción más visceral, remarca la mudez en que la sume el dolor. “La muerte le pide palabras, ella se abre al contorno y le muestra el margen, como si pudiera representar la misma escena del crimen en su espacio de carne”. Florencia Smiths, frente al desgarro vital, en este conjunto prefiere esconder la llaga haciendo poesía del “envoltorio”, de las palabras que no pueden dar cuenta de ese desgarro. Queda la sensación de que se cuida en demasía de los lugares comunes y de las trampas y vicios del lenguaje, que de tan gastado ya no dice (lo que a estas alturas también es un lugar común); o al menos prefiere hacer poesía de esa sospecha: “está y permanece allí: la estafa”. Así, me parece que el libro tiene pasajes intensos y en lo formal muy bien logrados, dentro de esta contención lírica que resuelve con buen oficio; aunque, eso sí, al margen del dolor...

Publicado en:
Asado de Costilla, 4 de junio 2009.

28 mayo 2009

Este blog no es de Editorial Fuga



Aclaro, mis queridos lectores y lectoras que ESTE BLOG NO pertenece ni es administrado por Editorial Fuga, y que yo rompí relaciones de todo orden con ellos, debido a que no cumplieron con los acuerdos relativos a distribución, crítica, organización de lanzamientos, etc. Todo este trabajo lo he hecho de manera minuciosa por mi propia cuenta, porque creo en este texto.Lo único que ellos realizaron fue el diseño (qué también fue idea mía) y la impresión de éste.

13 febrero 2009

Flyer de lanzamiento


El margen del cuerpo, por Eugenia Brito




Presentar este poema, breve y compacto requiere ponernos en contacto con dos significantes de larga trayectoria: margen, por un lado; cuerpo, por otra. ¿Qué hacen reunirse las palabras, los juegos de la escritura, quiénes son los que enuncian en este texto?. Finalmente, ¿cómo se produce esta conjunción, este misterioso hilo en El margen del cuerpo?

El margen recorta la historia de la cultura misma latinoamericana. Es el lugar del subalterno, del indio, de la provincia, la sede mismo de lo postergado, lo fuera del canon y por ello, excéntrico. Desde la modernidad hasta la llegada de las vanguardias, la literatura latinoamericana, ha estado siempre habitada, de manera nuclear en Chile y de manera sustancial en toda América Latina, por la otredad. Era urgente extremar los recursos para representar el otro, para hacerlo vivir no fuera del texto, sino como lenguaje, como efecto de sentido, como verdad representacional.
Con la llegada de la posmodernidad, este dilema cambia de eje: el otro debe contar su propia historia, el margen ya no es representable, no es el eco ni el semantema que cruza la narrativa ni el poema; el otro no requiere de portadores, él mismo se hace cargo de su historia. El posmodernismo, de manera crucial pone en duda la verdad de la representación, en tanto cuestiona la capacidad misma de representar. Es el fin del macrorrelato y el inicio de dos tipos de textos en América Latina: el testimonio, el relato de quien ha visto y vivido una suma de hechos a los que concatena desde diversos sentidos, el testigo y escriba de esos hechos; y la alegoría, la relación de una historia ficticia que metaforiza otras historias de sentido análogo al que se cree percibir en la historia contada.

Por otra parte, el cuerpo emerge con fuerza, tanto en la literatura como en la plástica. El cuerpo surge desde la llegada de Freud, como sede de la psiquis, como el lugar de manifestación no sólo de una vida orgánica sino también de una escritura de la mente, el cuerpo va a tener un lenguaje, una forma,cuyos movimientos, gestos y fuerza van a constituir la materia y el soporte desde el cual se teje el universo simbólico del hombre.
No sólo con Freud se elabora este cambio, también debemos mencionar a Nietzsche, y su menosprecio del plano supraterrenal, con su inolvidable sentencia: Dios ha muerto. Es al hombre al que le corresponde generar el mundo de valores que den sentido a su accionar, el hombre es la medida de las cosas, no un más allá incorpóreo y trascendente ¿a qué, a quién?, podemos preguntarnos.
Artaud finalmente, a través de su extensa producción pone de relieve la noción de la escena del cuerpo sin órganos, como el lugar en que el cuerpo exista más allá de toda representación, de todo funcionalismo, de toda utilidad. El hombre en el pensamiento artaudiano, debe extenderse más allá de toda abertura, franja, separación y ser él mismo, más allá de sus propias separaciones y disoluciones. El infinito del cuerpo humano, sin jerarquías ni divisiones… incluso más allá de su propia finitud, las fronteras se extienden a una aptitud psíquica viva y que se materializa bajo distintas formas.


El cuerpo y su margen en Florencia Smiths



En este trabajo de la poeta Florencia Smiths, el cuerpo es algo problemático en su instauración y advenimiento a la escritura, cuyo poema es el proceso que denuncia esa dificultad de advenimiento y que requiere una misa doble, tal vez un sacrificio: lo que falta a la letra es lo que sobra como placer.
Esa frase inicial augura de qué se trata en este ritual, esta ceremonia que es el poema. El cuerpo que espera ser bautizado, tiene la característica de ser no sólo un doble del psiquismo, como ha ocurrido con los textos del neo-barroco de Sarduy, Arenas, Eltit, en su primer libro, Lumpérica, sino también un territorio desde donde observar la operación de una escritura sombría y autocuestionante. Una escritura que intenta fundar los nombres de un mundo inquietante y paralizado. Para ello, escenifica una práctica en que el silencio, el blanco que es el significante que marca la diferencia con la letra, pauta esta misma diferencia en la enunciación, la que al mismo tiempo incide en el modo de la repetición en la que se construye el sujeto enunciante: el que toma la palabra, para hacer el enunciado de la búsqueda de la escritura y paralelamente, da cuenta de cómo el sujeto de esos enunciados son emplazados, acosados y desmontados por otra que parpadea en el centro mismo de la existencia, en un intento reiterado de dominio. Hay, pues, una doble, en el sentido artaudiano, que porta desde siglos el sistema falologocéntrrico, y lo trae de manera ventrílocua desde el masculino al femenino. Su eunciación se pone más allá del cuerpo, en un margen que vigila lo incesante e invasor de esta construcción femenina paralizada y paralizante, que “la ha invadido”. Es decir, la ocupa, y funciona como un sistema de poder, un sistema que la llena y la controla a la que está incuestionablemente ahí, odiada y amada a la vez, y que sale por su cara, diciéndole que “todos ahí adentro están alborotados”. Es decir, se refiere al proceso de liberación de los tics, los innumerables modos en que el sistema ocupa el cuerpo, el paisaje, el siquismo. Como si desde nuestra llegada al mundo, ingresáramos a un mundo simbólico ya gestionado desde hace siglos, y que está protegido no sólo por una subjetividad específica, sino también por políticas y estéticas en las que por cierto la letra, la cultura gobernada por la letra, como lo señalara Angel Rama, impone sus monopolios de colonización. El trabajo de la mujer poetizada por Florencia Smiths, tiene referencias en otras escrituras latinoamericanas. El ritual de la figura enunciante en Lumpérica de Diamela Eltit, en relación no sólo con los otros de la plaza, con los que confronta el sistema violento y homicida de la dictadura militar, a la par que todos los paradigmas culturales y políticos que han sometido y privado del ser a los y las oprimidas existencias de Chile y Latinoamérica. También Alejandra Pizarnik y Sylvia Molloy, la autora de “En breve cárcel”, esta última en una ciudad metropolitana, innominada, en una pieza de un departamento, en una ciudad anónima, en la que la búsqueda del ser está acompañada por la del sentido de una pérdida así como de todos los caminos que la han conducido a esa pérdida. Es un trabajo de múltiples referencias tanto en Europa, con Artaud, por dar un nombre crucial en este trabajo, sino también por la historia de la literatura latinoamericana, como señalé, pero que en el caso de Smiths, es más solitario y privado, no por ello menos valiente y crucial como un signo poderoso que desde su puesta en obra nos interroga con vigor. Lo difícil del acto de parirse, de salir de una escena construida por otros, es que es un duro proceso y que se estructura como un rito. Este rito lo productiviza y escenifica la escritora en un texto de zigzagueante enunciación , y que finalmente se dirige a un tú, masculino, un destinatario de esa construcción de sí misma y de la escritura que acaece como un encuentro que desarma todo lo anterior. Y desdoblada, sale para escribir desde ese silencio, sabe que el que ella desea, quizá no venga, pero de igual manera, todo ese zigzagueo del cuerpo y de las palabras encontradas desde el margen y a partir de un cuerpo de identidad reformulada, del que el texto es ensayo, se derrama. Y lo hace reabriendo el decir de manera única, tocando el lenguaje, quitando dominios, rompiendo fronteras, deslegitimando el orden supuestamente único y hegemónico. Viene rompiendo los abismos de separación entre lo superior y lo inferior, viene y se organiza desde una zona nueva, sagrada, única e irrepetible; el margen se traslada al cuerpo, lo gana y es en ese momento único en el que escribe estos versos, en un solo texto, como huella, memoria, testimonio. “Nadie te verá”, concluye para decirnos que el paisaje expuesto no es sólo el que vemos, está el lugar en el que somos vistos y no necesariamente vemos. Otro margen más, otro silencio nuevo para decirnos que este poema se inscribe como una huella frágil y solitaria de un acontecimiento único y finito.Eugenia Brito.Noviembre 2008
*PRESENTACIÓN DE EL MARGEN DEL CUERPO, EN LA JORNADA CULTURAL SAN ANTONIO SE ARMA, LLO-LLEO.

epígrafe eliminado


How sad are we?


And how sad have we been?


We'll let you know...
We'll let you know...
We'll let you know... oh but only if...

You're really interested







We'll let you know
Morrissey
Your Arsenal