04 noviembre 2009

"A propósito de la lectura de El margen del cuerpo". Crítica de Natalia Figueroa en La Calle Passy

A propósito de la lectura de El margen del cuerpo
Por Natalia Figueroa





Poesía de mujeres jóvenes en Chile. Existe. Y abunda, no obstante la omisión de que ha sido objeto de parte de estándares críticos masculinos, poco denunciados y tal vez inconscientes aunque plenamente constatables a través de los mapas o códigos de lectura que de la poesía chilena vienen generando los críticos literarios y en los cuales las poetas son las grandes ausentes. Visiones incompletas y quién sabe si por lo mismo erradas, llevan a preguntar por el grado general de masculinización que se cierne sobre el panorama poético chileno, desde el punto de vista de la recepción de lo que los críticos insisten en llamar “poesía joven chilena” cuando en realidad están hablando de “poesía de hombres jóvenes de chile”. Esto por una parte, pues, en un intento de equilibrar posturas, es necesario decir, frente a la abundancia de voces femeninas, que ser mujer, escribir y, en muchos casos, publicar un libro, no es suficiente a la hora de hablar de calidad. Claro que tratándose de poéticas emergentes lo común es alegar generosidad en el comentario en razón del coraje a la hora de publicar un libro en el marco de una escritura que por su juventud está en formación. Al tanto de estas y otras cuestiones que difícilmente sabría decir si responden más a complicidades piadosas entre personas que a la valoración de propuestas escriturales tangibles, creo que vale siempre recordar, más allá del hecho de que las casas editoras necesiten publicar tal cantidad de libros por año y que en este sentido sus validadas apuestas siempre estarán afectas a relativización, recordar digo, que un libro debiera bastarse por sí solo, y no en virtud de la experiencia de su autor o de su casa editora, sino del planteamiento esbozado en él y del mayor o menor logro y autenticidad que este alcanzare en ese intento que incorporará sobre todo en poesía, una relación de dependencia entre forma y contenido.

Desde esta conceptualización básica sino rústica, me atrevería a decir que a la poesía de mujeres le falta mucho para traspasar el margen en que se encuentra confinada en razón de una mezcla entre sus deficientes y tendenciosas maneras de expresión, y de las líneas críticas imperantes, lo que por cierto, en nada justifica la omisión de la crítica en relación a excepcionales publicaciones. A modo general, constato cierta tendencia al extravío que bien puede ser radicalizada con fines ilustrativos, considerando los dos extremos en que suelen caer las poéticas de mujeres. Por una parte, en un desborde sentimental no canalizado ni regularizado, que si bien transmite en muchos casos una cadencia genuina, a la hora de entrar al análisis de la materia involucrada, opera en contra de cualquier concreción lograda de decir algo, volviéndose los poemas, en muchos casos, profusos en reflexiones errabundas que se pierden en variaciones prosódicas dentro de una imaginería profusa que finalmente conduce a ningún lugar sino a su propia mostración, cual en la ópera clásica las coloraturas establecidas como el momento de virtuosismo que la cantante tenía para lucirse. Por otra parte, en la expresión de ideas o reflexiones en verso, donde el despliegue consciente, me atrevería a decir, de inteligencia, decanta en textos sesudos que ilustran una instrumentalización escrituraria, por cuanto reducen la expresión poética a un modelo que se arma para decir lo que se piensa, como quien trabajara desde cierta idea programática de la poesía.


Es desde esta disyuntiva que rescato el libro de Florencia Smiths, El margen del cuerpo, como paradigmático de una conjunción lograda y sostenida, entre la rítmica alcanzada y su contenido textual; todavía considerando que la esencia de la rítmica, dada desde la dríada repercusión (golpe) y resonancia (eco), como efectos con que reacciona la mente en acto de conocimiento, activando un campo tópico complejo que muestra la manera en que surge en el sujeto una experiencia de sustancia mental, se encuentra plenamente incorporada en los presupuestos temáticos del libro, relacionados con el acto de nombrar y contemplarse a sí mismo en el acto de poner nombre. De esta forma, si bien El margen del cuerpo, a primera vista, se trata de un texto que puede inscribirse en una constante temática identificable, cual es la del cuerpo como territorio escritural; debe estarse en guardia pues no se está acá, como indica la tendencia, frente a una victimización femenina imposibilitada de toda apertura en virtud de una culpa que siendo del mundo, del entorno, de los padres, en fin, de otro, genera que el cuerpo sea, escrituralmente hablando, un territorio corrupto, degradado, violentado, mutilado, etcétera; sino que inscribiéndose el hablante poético en el margen, y siendo el margen no sólo aquello donde algo termina sino también desde lo cual algo comienza a ser lo que es, se nos presenta una visión interiorizada en pos de la búsqueda de un lenguaje propio que siempre está más allá y desde cuyo seguimiento se intenta decir, siendo la única culpabilidad posible, la que pudiera tener la propia hablante si se desviara del dictado de ese lugar desde el cual se asoman y emergen las palabras en su totalidad inasible. Planteado en estos términos, y en medio de un panorama que tiende a decantar en delirios violentistas que nos muestran degradación e imposibilidad achacadas al mundo y que escasamente, según pienso, cuestionan los límites y hegemonía que esa victimización impone a la propia escritura en pos de una verdadera construcción de lenguaje, viene este libro, editado de manera independiente, a recordarnos que la poesía femenina, realizada en su justa medida y sin programas de por medio, sí tiene qué decir en nuestro medrado aunque productivo medio poético.


Natalia Figueroa


03 octubre 2009

[El margen del cuerpo]. Por José Ignacio Silva

Publicado hoy sàbado 3 de octubre de 2009. En: LA CALLE PASSY, revista virtual de crìtica literaria.
(pinchar acà para leer en sitio original)
El margen del cuerpo (Editorial Fuga, 2008) es el primer libro de la poeta Florencia Smiths (San Antonio, Chile, 1976). Interesante e intenso poemario, las siguientes críticas a cargo de José Ignacio Silva y Natalia Figueroa, sitúan sus reflexiones a partir de un decir infantil, anterior a las convenciones del nombre el primero, y desde el lugar marginal que aún ocupa la escritura de mujeres en el ámbito de la poesía chilena joven la segunda.

Cartografía del reverso. Por José Ignacio Silva


Tarde o temprano, el poeta visita y revisita el lugar donde se genera la materia prima del misterio. En algún momento de su vida, el poeta intenta acercarse y aprehender todo lo que sea posible aprehender en ese lugar oculto e inefable donde se origina la palabra poética, intenta mapear el dictado, cartografiar el momento en el que la palabra llega sin pedir permiso. Sucede con frecuencia en los poetas aficionados y escritores amateurs, que tras jugar un rato con la palabra, tras haber ordenado de forma novedosa algunos símbolos, se deslumbran con los engranajes de la literatura, y los glorifican, moldeando una molesta y limitada superconciencia de la literatura y sus posibilidades. El poeta, en su asombro irresoluto y perenne escarba los muros insalvables de la palabra y su azarosa ocurrencia en el poema.


Hay que señalar que la fascinación (o a veces malestar) ante este súbito nombrar no es patrimonio de las plumas noveles, sino que ha cautivado afanes y configurado obras completas. Ese impulsivo afán de develar el enigma de la palabra poética y su ocurrencia es el motor que mueve los versos de El margen del cuerpo (Ed. Fuga, 2008), primer poemario de la poeta y profesora de castellano Florencia Smiths (San Antonio, 1976). Smiths debuta en el formato del libro individual, pero no es una aparecida en el cosmos de la poesía nacional, pues ya se ha hecho un nombre participando durante casi una década, en una serie de antologías y encuentros poéticos.


Smiths plantea un prosa poética, en la que recorre de forma trepidante el salto valiente a la poesía, el fortuito encuentro con el ejercicio del decir desde un tierno origen, la niñez. Smiths inaugura el recorrido con la referencia a las palabras: De pronto se encontró con las palabras. Estaban allí, en ese lugar que no suele darles, en esa construcción velada por no poder enmarcarse, por no saberleerloscortes, el desparpajo de un cuerpo cosido con ilaciones que nunca usó, calladas atroces, de estructuras desencajadas, rudas.


El poema fluye como un recorrido a tientas, como un palpar de ciego en las turgencias de la poesía. La niña topa con el deseo de nombrar, topa con la otredad, con el tiempo y sus eventos perdidos, sufre por no haberlos significado con lenguaje, angustiándose por no haber contado con una perfección ilusa, Porque si tan sólo le enseñasen a hablar de nuevo. A mirar. A tocar. A decir. Si tan sólo le enseñasen a amar de nuevo para no culparse, para no competir con su naturaleza múltiple. Si le enseñasen a abrazar, a decir siempre lo que encausa, lo que evita, lo que busca. Sufrimiento y maravilla ante el surgimiento de la poesía como un modo de ordenar el mundo y configurar una existencia, Pero todo llega hasta cuando escribe, entonces siente que encuentra y que estampa y que la negación sólo reside en el momento en que su poema se le escapa para que de nuevo ella tenga que cavar, abrir, nadar, adentrarse.


El recorrido que hace la autora al interior de este limbo poético nunca es concreto, por definición no puede serlo. No puede ser definible ni delimitable, dada la esencia de la poesía, de su creación y del acto de escribirla. El misterio reside en ese loco afán de tratar de unir los puntos que se van difuminando de forma constante. Un afán donde se prefiere la inseguridad al inconformismo, y querría preferir el caos, la catarsis de la soga, el rasgueo de un lápiz hasta la envergadura de una auténtica destrucción, sin embargo se atreve, no lee de memoria, comprende la ficción de lo dicho, saca el habla, no sabe quien suena desde dentro, camina por el terreno limpio y cuadriculado hasta la convulsión, reconoce en el cuerpo del muerto aquello padecible, transable para el recuerdo, pero no soporta no saber registrar, tal como fue, el paso desde una aparente resignación (por no saber, por no ser capaz) a una inseguridad de escoger (por tener que elegir, por designar).

La autora comparte una bitácora de un viaje sin timón y en el delirio, como dijera el poeta mexicano Mario Santiago, nos da su propia versión de un ejercicio intransferible –hablan sus imágenes, habla su yo, sus circunstancias, su persona y tiempo- al que otros dijeron que no, y lo envidiaron, como hizo y escribió Enrique Lihn pensando en Rimbaud (acaso el epítome más total del enfrentamiento con la poesía, con el agregado y rotundo gesto de su negación total).



Florencia Smiths ha elegido convertir su opera prima en el reverso de su palabra poética, ha elegido convertir su primer libro individual en la caja con instrucciones de un juego donde el recorrido es incierto en medio de la espesura, donde la pregunta por la poesía se asemeja a la pregunta por la realidad, pero insoslayable, sin negociaciones ni arreglos posibles. Florencia Smiths recorre el tablero armada de su cuerpo, sus sentidos, sus pulsiones, sus márgenes, Sólo tiene que entrar. Tiene que romper. Tiene que parir.




José Ignacio Silva A (Santiago, 1980). Periodista y crítico literario. Ex editor periodístico del sitio web de Plagio (www.plagio.cl), colaboró en revistas como Grifo, Revista de Libros y Artes y Letras de El Mercurio. Actualmente escribe en El Periodista, Plagio, Dossier, Revista UDP y cursa el Magíster de Edición de Libros en la misma UDP, -donde estudió la carrera de Literatura Creativa y fue incluido en la antología de poesía y cuento "Voces germinales" (2003)-, además de trabajar en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (Dibam).

07 agosto 2009

Sobre "El margen del cuerpo", por Gladys González


Sobre “El margen del cuerpo” de Florencia Smiths
Editorial Fuga, 2008, 50 pp.

Por Gladys González

Florencia Smiths (San Antonio, 1976, Licenciada en Educación y Pedagogía en Castellano, Universidad de Playa Ancha) en su primera entrega poética “El margen del cuerpo” nos evoca a un diario vida, a una infancia seccionada, a un imaginario femenino y sutil que nos invita a recorrer a través de la mano de una niña de nueve años -y como contrapartida simbólica, de una mujer que atrinchera su corazón como resistencia a la memoria de la niñez- que pasea como personaje y se yergue como cicatriz sobreviviente de las experiencias de su propio relato.
Es un libro en una constante búsqueda e introspección, de lectura y prosa difícil, a veces críptica que, sin embargo, atrapa al lector ávido -no al que busca una interpretación rápida, tal como Smiths señala en uno de sus versos: ensaya un poema/ con el dedo del silencio/ nadie te verá- es necesario imbuirse en el imaginario de la poeta, descubrir la belleza inquietante de sus textos y de cada una de sus pequeñas muertes remendadas en la página.
Es un ejercicio de autobiografía y de tensión, caída y alza, un lugar en el que todos hemos estado y del que sólo algunos sobreviven: Hay alguien que arma/ los papeles que yo rompo/ las venas que yo corto/ las cosas que no digo/ alguien escribe escondido/ los poemas que no hago/ llora lo que no puedo/ grita. Una muestra de templanza, misterio, dulzura, valentía y gracia sigilosa que se agradece y disfruta por la entrega y entereza arrojada que Florencia Smiths hace en cada poema, en cada letra que forma la caligrafía de sus poemas.
* * *

De “El margen del cuerpo”

Porque si tan sólo le enseñasen a hablar de nuevo. A mirar. A tocar. A decir. Si tan sólo le enseñasen a amar de nuevo para no culparse, para no competir con su naturaleza múltiple. Si le enseñasen a abrazar, a decir siempre lo que encausa, lo que evita, lo que busca. A empinar los brazos cuando haga el amor y la noche le reviente toda encima para hacerla dueña, para que le enseñen a pertenecer sin posesión. Si le enseñasen a tomar el peso de sus manías, de sus desalojos, de sus gráficas tachadas por los que no saben, por los que no la ocupan. Si le mostrasen de nuevo la infancia desde fuera y no a los nueve, el escándalo que personificó cuando supo el deceso, cuando miró y nadie estaba allí para decirle que eso era la muerte y que detrás estaba la más absoluta soledad y el desengaño. Probó ahuyentar al miedo. Probó preferir a la muerte. Probó desperdigarse por un cuerpo mayor combinando lo hondo del foso más oscuro y la pureza más brutal de pequeñas vírgenes. Sin embargo nadie le enseñó a vivir así. Tuvo que educarse para combatir esa dual desidia, esa doble batalla de elegirse opuesta y correr el riesgo de suspender –acaso siempre- la otra mitad. Entonces se dijo, si tan sólo le enseñasen a reflejar esas construcciones alteradas de la manera en que a los niños les enseñan a distinguir entre lo propio y lo ajeno, entre el día y la noche, entre el deseo y la afección, y en su caso, esas descripciones que se derrumbaban frente a sus ojos, fuesen una alternativa contra la pereza, antídoto contra ese régimen introspectivo, desagravio para que la audacia que hay en sus ojos jamás sea confundida con soberbia; para cantar de verdad la noche, el cuerpo vivo, la somnolencia de la soledad tras la cara. Si le enseñasen a gritar ella podría valerse de las dudas y saciar esa nefasta ingenuidad que la aterra. Pero todo llega hasta cuando escribe, entonces siente que encuentra y que estampa y que la negación sólo reside en el momento en que su poema se le escapa para que de nuevo ella tenga que cavar, abrir, nadar, adentrarse. Por eso pide que tan sólo le enseñen a reconocer, a intuir con sosiego una evidencia, un pulso. Sólo tiene que entrar. Tiene que romper. Tiene que parir. No le enseñen a parir.

Prefiere la inseguridad al inconformismo. El aliento de una mirada que la desea. El sabor del agua mezclada con barro (de esa noche, de esa calle). Una gota roja que viene desde donde se ha cosido la carne. Ella querría preferir el caos, la catarsis de la soga, el rasgueo de un lápiz hasta la envergadura de una auténtica destrucción, sin embargo se atreve, no lee de memoria, comprende la ficción de lo dicho, saca el habla, no sabe quien suena desde dentro, camina por el terreno limpio y cuadriculado hasta la convulsión, reconoce en el cuerpo del muerto aquello padecible, transable para el recuerdo, pero no soporta no saber registrar, tal como fue, el paso desde una aparente resignación (por no saber, por no ser capaz) a una inseguridad de escoger (por tener que elegir, por designar).

Está puesta como llaga que corta la línea, y ni siquiera hunde, pero a poco calcina. Torcida, huraña, puesta allí por años, un cuadro de consonantes dispares, disímiles en su ritmo, incómoda de permanecer, como diente entre cuchillos –las encías sangrando-, puesta sólo con sus rasgos, sin ámbitos delineados, solamente abatida y convertida toda en nervio, toda en cuello, tendón, parálisis, complexión del trazo ajeno porque no es su mano, porque parece que fueran sus dedos, pero sabe que le están dictando desde dentro.

La imagen de la que habla, de la que ha dicho demasiado y por lo tanto, de la que ha invadido, ha vuelto a encajar en su cuerpo, la ha vuelto a encarcelar. Aunque se atrevió, aún hay un gesto que le delata el silencio, aunque mueva la boca y diga eso, y simule responder y aportar los datos necesarios e ineficaces, sabe que la plática es una mutilación, que las referencias son todas prestadas, que no se puede narrar de verdad ninguna noche, que las palabras se le secan saliendo por los labios, apegándoseles ahí, en las comisuras, como costras; porque hay imágenes que la someten y engañan y no puede ahondarlas, aún si tuviesen el brillo de ciertas horas que prefiere o la dulzura informe de un epíteto escogido. Pero ella dice, ha dicho, que el acto aprendido la subraya, que no sabía, como toda dueña, que estaba escrita entera, que a tientas buscaba en su cuerpo, como en el espejo, el alfabeto de sus muertes, de sus inusitados compases, de sus complejas intenciones, de una infancia senil. Sabe que, asimismo, ansía el despojamiento de una vena fría, un desamparo a los nueve, la cruda apariencia de una duda, las noches asustadas en la materia insomne de sus pasajes. Es eso de no creer más nada, de no amoldarse y desobedecer las estructuras con que la visten, es la docilidad de un beso instintivo, la elección de un temperamento escindido, de un carácter anómalo, inválido, fragmentado.

Entonces cayó, cayó esa imagen, venerada hasta la convulsión, exhibida, estrenada hasta lo absurdo, así como las entrañas suelen posarse en una vitrina mohosa que agolpa la sangre. Es imposible que se escriba tal como se vio, aún es improbable que se la deje de ver, porque está y permanece allí: la estafa, la carencia, ranura de párpados y boca descompaginada, grietas en la sonrisa que ya no ríe, el surco que deja una silenciada cuando se le escarba o factura la muerte.

04 julio 2009

Un diario de la nada. En: La Nación.


LETRAS
Viernes 3 de julio de 2009

Por Fernanda Donoso / La Nación


En "El margen del cuerpo", Florencia Smiths elude una forma, una estructura. Es y no es poesía. Una poesía disfrazada de prosa, y una prosa que se niega a ser prosa. Hay una insistencia en este libro que recuerda a lo lejos un libro de Piglia, un cuento largo o una novela corta donde se desclasificaba el discurso de una mujer que era testigo de un crimen. Es ése el tipo de insistencia: hay una niña de nueve años que ve algo, y ese algo puede ser la muerte. Un trauma, el choque con lo inexplicable, una luz negra.

También es una niña de nueve años que está en la portada, una niña antigua como una muñeca que tiene en brazos a otra muñeca, un intermitente presentimiento de muñecas rusas, unas dentro de otras, como secretos. Editorial Fuga editó este libro que de algún modo es un cuadernillo de papel reciclado que sugiere todo el tiempo una escritura personal, una especie de diario de la nada, del no decir, del negarse a explicar o explicitar, una exploración en lo indecible que a ratos resulta convencional -ese tipo de lenguaje que habla de "suturas" e "hilaciones"-, y a veces tiene todo el talante del mensaje encriptado que se declara escrito en clave, casi como un pedido de auxilio.

Prácticamente no hay cosas concretas en "El margen del cuerpo": es un mundo sin diálogos, sin argumentos, un minimalismo intransigente que opta por una sensación onírica, obsesiva, pocas imágenes, caminar hacia el límite, un aire de encierro. "Por eso se toma todo el tiempo para el silencio", diría ella.

"Sabe que sólo hay fragmentos y que en ese esquema hay un control que esconde manías y piezas que faltan", escribe más allá. "Le han derramado la vida a los nueve", dice. "Se la han develado y ahora lo sabe. Ha llorado al tocar a un animalito en pánico, porque sabe tanto del miedo, porque por primera vez ha visto lo que hace realmente el miedo al cuerpo".

Florencia Smiths (San Antonio, 1976) es una de las más respetadas voces poéticas de las nuevas generaciones en Chile. Malú Urriola afirma: "En este inquietante libro, Smiths entreabre la puerta del intangible lugar donde se efectúa el ejercicio de la poesía". Y Florencia establece su propia clave en uno de sus poemas con menos palabras: "Ella no quiere volverse / un sinónimo más / en este cuaderno de poemas". Un asterisco frente a la palabra "poemas", señala a pie de la página de papel reciclado: "Mapa, función, cuartilla, plana, atlas, panfleto, encrucijada o al margen".





Publicado acá.

07 junio 2009

Al margen del cuerpo, al margen del dolor.



Al margen del cuerpo, al margen del dolor.
Por Andrés Florit C.


..."Florencia Smiths, frente al desgarro vital, en este conjunto prefiere esconder la llaga haciendo poesía del “envoltorio”, de las palabras que no pueden dar cuenta de ese desgarro"...




El margen del cuerpo, ópera prima de Florencia Smiths (San Antonio, 1976) es un texto poético -escrito principalmente en prosa- que en lo personal me mantuvo en una suerte de umbral previo al poema, que se adivina pero que siempre está más allá y que no logramos alcanzar. Hay una conciencia lírica y delicada del oficio, de la búsqueda ciega de palabras que logren nombrar el dolor. Hay un paladear los recursos gramaticales, bordear el silencio y hablar desde el margen. “Estaba el mundo real escrito, distribuido en mal papel, anclado a nombres fugados”. O “porque si tan sólo le enseñasen a hablar de nuevo. A mirar. A tocar”. El conjunto mantiene una inteligente coherencia interna y un tono contenido, como si hablara después de haber agotado ya las lágrimas (indecibles) que son el prefacio no visible de estos (o este) poema. Cuando la hemorragia cesó, la poesía de Smiths es un cigarrillo en una pieza sola con la ventana abierta. O algo así. Una bocanada. Un envoltorio. “Pues era necesario despedirse, separarse y optar sólo por el envoltorio de la palabra (…) optar por esos soportes que no se ven , que no se escriben, acaso lo que nunca se dice”. Es una suerte de negación de lo elegíaco, un canto funerario que no se puede cantar, no sólo porque el dolor sea indecible, sino porque la hablante quiere aprender a cantar, estudiar solfeo, paladear las notas. La tercera persona acentúa esa distancia respecto de la emoción más visceral, remarca la mudez en que la sume el dolor. “La muerte le pide palabras, ella se abre al contorno y le muestra el margen, como si pudiera representar la misma escena del crimen en su espacio de carne”. Florencia Smiths, frente al desgarro vital, en este conjunto prefiere esconder la llaga haciendo poesía del “envoltorio”, de las palabras que no pueden dar cuenta de ese desgarro. Queda la sensación de que se cuida en demasía de los lugares comunes y de las trampas y vicios del lenguaje, que de tan gastado ya no dice (lo que a estas alturas también es un lugar común); o al menos prefiere hacer poesía de esa sospecha: “está y permanece allí: la estafa”. Así, me parece que el libro tiene pasajes intensos y en lo formal muy bien logrados, dentro de esta contención lírica que resuelve con buen oficio; aunque, eso sí, al margen del dolor...

Publicado en:
Asado de Costilla, 4 de junio 2009.

28 mayo 2009

Este blog no es de Editorial Fuga



Aclaro, mis queridos lectores y lectoras que ESTE BLOG NO pertenece ni es administrado por Editorial Fuga, y que yo rompí relaciones de todo orden con ellos, debido a que no cumplieron con los acuerdos relativos a distribución, crítica, organización de lanzamientos, etc. Todo este trabajo lo he hecho de manera minuciosa por mi propia cuenta, porque creo en este texto.Lo único que ellos realizaron fue el diseño (qué también fue idea mía) y la impresión de éste.

13 febrero 2009

Flyer de lanzamiento


El margen del cuerpo, por Eugenia Brito




Presentar este poema, breve y compacto requiere ponernos en contacto con dos significantes de larga trayectoria: margen, por un lado; cuerpo, por otra. ¿Qué hacen reunirse las palabras, los juegos de la escritura, quiénes son los que enuncian en este texto?. Finalmente, ¿cómo se produce esta conjunción, este misterioso hilo en El margen del cuerpo?

El margen recorta la historia de la cultura misma latinoamericana. Es el lugar del subalterno, del indio, de la provincia, la sede mismo de lo postergado, lo fuera del canon y por ello, excéntrico. Desde la modernidad hasta la llegada de las vanguardias, la literatura latinoamericana, ha estado siempre habitada, de manera nuclear en Chile y de manera sustancial en toda América Latina, por la otredad. Era urgente extremar los recursos para representar el otro, para hacerlo vivir no fuera del texto, sino como lenguaje, como efecto de sentido, como verdad representacional.
Con la llegada de la posmodernidad, este dilema cambia de eje: el otro debe contar su propia historia, el margen ya no es representable, no es el eco ni el semantema que cruza la narrativa ni el poema; el otro no requiere de portadores, él mismo se hace cargo de su historia. El posmodernismo, de manera crucial pone en duda la verdad de la representación, en tanto cuestiona la capacidad misma de representar. Es el fin del macrorrelato y el inicio de dos tipos de textos en América Latina: el testimonio, el relato de quien ha visto y vivido una suma de hechos a los que concatena desde diversos sentidos, el testigo y escriba de esos hechos; y la alegoría, la relación de una historia ficticia que metaforiza otras historias de sentido análogo al que se cree percibir en la historia contada.

Por otra parte, el cuerpo emerge con fuerza, tanto en la literatura como en la plástica. El cuerpo surge desde la llegada de Freud, como sede de la psiquis, como el lugar de manifestación no sólo de una vida orgánica sino también de una escritura de la mente, el cuerpo va a tener un lenguaje, una forma,cuyos movimientos, gestos y fuerza van a constituir la materia y el soporte desde el cual se teje el universo simbólico del hombre.
No sólo con Freud se elabora este cambio, también debemos mencionar a Nietzsche, y su menosprecio del plano supraterrenal, con su inolvidable sentencia: Dios ha muerto. Es al hombre al que le corresponde generar el mundo de valores que den sentido a su accionar, el hombre es la medida de las cosas, no un más allá incorpóreo y trascendente ¿a qué, a quién?, podemos preguntarnos.
Artaud finalmente, a través de su extensa producción pone de relieve la noción de la escena del cuerpo sin órganos, como el lugar en que el cuerpo exista más allá de toda representación, de todo funcionalismo, de toda utilidad. El hombre en el pensamiento artaudiano, debe extenderse más allá de toda abertura, franja, separación y ser él mismo, más allá de sus propias separaciones y disoluciones. El infinito del cuerpo humano, sin jerarquías ni divisiones… incluso más allá de su propia finitud, las fronteras se extienden a una aptitud psíquica viva y que se materializa bajo distintas formas.


El cuerpo y su margen en Florencia Smiths



En este trabajo de la poeta Florencia Smiths, el cuerpo es algo problemático en su instauración y advenimiento a la escritura, cuyo poema es el proceso que denuncia esa dificultad de advenimiento y que requiere una misa doble, tal vez un sacrificio: lo que falta a la letra es lo que sobra como placer.
Esa frase inicial augura de qué se trata en este ritual, esta ceremonia que es el poema. El cuerpo que espera ser bautizado, tiene la característica de ser no sólo un doble del psiquismo, como ha ocurrido con los textos del neo-barroco de Sarduy, Arenas, Eltit, en su primer libro, Lumpérica, sino también un territorio desde donde observar la operación de una escritura sombría y autocuestionante. Una escritura que intenta fundar los nombres de un mundo inquietante y paralizado. Para ello, escenifica una práctica en que el silencio, el blanco que es el significante que marca la diferencia con la letra, pauta esta misma diferencia en la enunciación, la que al mismo tiempo incide en el modo de la repetición en la que se construye el sujeto enunciante: el que toma la palabra, para hacer el enunciado de la búsqueda de la escritura y paralelamente, da cuenta de cómo el sujeto de esos enunciados son emplazados, acosados y desmontados por otra que parpadea en el centro mismo de la existencia, en un intento reiterado de dominio. Hay, pues, una doble, en el sentido artaudiano, que porta desde siglos el sistema falologocéntrrico, y lo trae de manera ventrílocua desde el masculino al femenino. Su eunciación se pone más allá del cuerpo, en un margen que vigila lo incesante e invasor de esta construcción femenina paralizada y paralizante, que “la ha invadido”. Es decir, la ocupa, y funciona como un sistema de poder, un sistema que la llena y la controla a la que está incuestionablemente ahí, odiada y amada a la vez, y que sale por su cara, diciéndole que “todos ahí adentro están alborotados”. Es decir, se refiere al proceso de liberación de los tics, los innumerables modos en que el sistema ocupa el cuerpo, el paisaje, el siquismo. Como si desde nuestra llegada al mundo, ingresáramos a un mundo simbólico ya gestionado desde hace siglos, y que está protegido no sólo por una subjetividad específica, sino también por políticas y estéticas en las que por cierto la letra, la cultura gobernada por la letra, como lo señalara Angel Rama, impone sus monopolios de colonización. El trabajo de la mujer poetizada por Florencia Smiths, tiene referencias en otras escrituras latinoamericanas. El ritual de la figura enunciante en Lumpérica de Diamela Eltit, en relación no sólo con los otros de la plaza, con los que confronta el sistema violento y homicida de la dictadura militar, a la par que todos los paradigmas culturales y políticos que han sometido y privado del ser a los y las oprimidas existencias de Chile y Latinoamérica. También Alejandra Pizarnik y Sylvia Molloy, la autora de “En breve cárcel”, esta última en una ciudad metropolitana, innominada, en una pieza de un departamento, en una ciudad anónima, en la que la búsqueda del ser está acompañada por la del sentido de una pérdida así como de todos los caminos que la han conducido a esa pérdida. Es un trabajo de múltiples referencias tanto en Europa, con Artaud, por dar un nombre crucial en este trabajo, sino también por la historia de la literatura latinoamericana, como señalé, pero que en el caso de Smiths, es más solitario y privado, no por ello menos valiente y crucial como un signo poderoso que desde su puesta en obra nos interroga con vigor. Lo difícil del acto de parirse, de salir de una escena construida por otros, es que es un duro proceso y que se estructura como un rito. Este rito lo productiviza y escenifica la escritora en un texto de zigzagueante enunciación , y que finalmente se dirige a un tú, masculino, un destinatario de esa construcción de sí misma y de la escritura que acaece como un encuentro que desarma todo lo anterior. Y desdoblada, sale para escribir desde ese silencio, sabe que el que ella desea, quizá no venga, pero de igual manera, todo ese zigzagueo del cuerpo y de las palabras encontradas desde el margen y a partir de un cuerpo de identidad reformulada, del que el texto es ensayo, se derrama. Y lo hace reabriendo el decir de manera única, tocando el lenguaje, quitando dominios, rompiendo fronteras, deslegitimando el orden supuestamente único y hegemónico. Viene rompiendo los abismos de separación entre lo superior y lo inferior, viene y se organiza desde una zona nueva, sagrada, única e irrepetible; el margen se traslada al cuerpo, lo gana y es en ese momento único en el que escribe estos versos, en un solo texto, como huella, memoria, testimonio. “Nadie te verá”, concluye para decirnos que el paisaje expuesto no es sólo el que vemos, está el lugar en el que somos vistos y no necesariamente vemos. Otro margen más, otro silencio nuevo para decirnos que este poema se inscribe como una huella frágil y solitaria de un acontecimiento único y finito.Eugenia Brito.Noviembre 2008
*PRESENTACIÓN DE EL MARGEN DEL CUERPO, EN LA JORNADA CULTURAL SAN ANTONIO SE ARMA, LLO-LLEO.

El margen del Cuerpo, por Malú Urriola


Estaba el mundo mal escrito, distribuido en mal papel, anclado a nombres fugados, seducido por mentiras de palabras que no consentía en utilizar versa Florencia Smiths, en su primer libro de recios poemas El margen del Cuerpo.

Cuerpo y margen son los lugares que Smiths entrama y reformula en favor de la poiesis. Margen que delimita un territorio entre el cuerpo y la palabra. O entre el cuerpo y todo lo que rodea al vehículo de un breve y fugaz viaje.

Aprender a caminar, erguirse en dos patas, hablar, luego leer y escribir son los ejercicios primeros de un cuerpo irreflexivo, insensato, que a través de la palabra gestiona una bitácora, un depósito del conocimiento de una vida fugaz y en el futuro, poco probable.

Entre el cuerpo y la palabra se hilvana la historia humana, tal como entre el nacer y el morir germinan y yacen las palabras que en un consenso de pensamiento lograron traducir el acontecimiento del todo en lo uno, del cuerpo como limite entre el yo y lo que no sea yo.

La escritura poética aparece, emana de pronto y no se le reconoce hasta el momento de su aparición. Alojada en algún lugar ignoto regresa al cuerpo para ser depositada afuera como un trayecto inefable. Este conocimiento de las palabras, su contenido se vacía al ritmo de una grafía que tienta a decir.

Smiths entreabre la vieja puerta del margen, nos hace transitar las dos orillas del mismo río como lugar donde se efectúa el ejercicio de la escritura y el cuerpo -corpus en que esa escritura pudiese quedarse a alojar permanentemente o ser inscrita. Operación que no puede dejar fuera los habitáculos del miedo y de la muerte. Cito:

“Pero todo llega hasta cuando escribe, entonces siente que encuentra y que estampa y que la negación sólo reside en el momento en que su poema se le escapa para que de nuevo ella tenga que cavar, abrir, nadar, adentrarse”.

“Ha llorado al tocar a un animalito en pánico, porque sabe tanto del miedo, porque por primera vez ha visto lo que realmente hace el miedo al cuerpo”.

Las palabras para Smith viene cargadas de una certidumbre confundida. Corresponden al producto tardío de una decantación que libera al cuerpo de la carga de portarlas. Pero también corresponden al goce, al juego, a la imaginería de bucear, tantear a ciegas en la percontari del asunto de la poiesis.

El cuerpo –señala José Lara– es (para Nietzsche) el centro de gravedad del hombre dentro del sistema de su existencia, compuesta tanto por elementos fisiológicos como teóricos, morales y valorativos, dando lugar a su vez a la inserción dentro de un pueblo y de una cultura, regional o supraregional, que serían los horizontes de mayor extensión dentro de los que cabe analizar su situación y acción gravitatoria central.

De un lado la cabeza, del otro el corazón
Éste me dice que sí, ésta que no.

Miguel Hernández

Esta indefinición Hernandiana para quien el cuerpo es el instrumento con que tocamos la vida, la hace suya Smiths con la pregunta de rigor ¿Cuántas cucharadas de azúcar?

Ella, personaje, porta además el margen de su propio cuerpo ella. Un cuerpo de segunda categoría según el orden patriarcal en que en el hombre está a la cabeza y ella ha sido signada en la historia como la culpable de la pérdida de un paraíso improbable. Por culpa de esa costilla, él en representación de la humanidad fue arrojado del paraíso al descubrir el ejercicio del placer que ella le presentara.

Esa soledad, la de la ruina que porta la pérdida del paraíso al que jamás retornaremos, se plasma el “desajuste de ese capricho de trasladar en el cuerpo todos los objetos, pues al nombrarlos se experimenta la metáfora de lo inútil.

Smtihs trabaja con el limite de la palabra, donde la escritura se enfrenta a la imposibilidad de traducir algo más grande que lo que las palabras pudieran nombrar y me refiero al viaje a través del lenguaje. Ese movimiento telúrico de la comprensión de un mundo ajeno.

Clarice Lispector dice:


"Nosotros los que escribimos, apresamos en la palabra humana, escrita o hablada, un gran misterio que no quiero revelar con mi raciocinio porque es frío." Aprendizaje o El libro de los placeres (op. cit.), p. 83 Aprendizaje o El libro de los placeres.

La escritura acontece de pronto cuando no se conoce nada respecto de la palabra (que se avecina, presiente y precipita) hasta el momento de su aparición. De la misma manera que titubea frente a la veracidad antes de inscribirse como el eco, el inventario de una ficción ineludible, o el destello de un sonido alucinante y fugaz.

Entre el cuerpo (platónico, celda del animus, el centro de gravedad del ser humano dentro del sistema de su existencia, Nietzsche, el cuerpo como una certidumbre confundida Jean-Luc Nancy, o como un objeto imperfecto, un borrador por corregir, André Le Bretón) Smith emplaza el lugar incorpóreo entre palabra y cuerpo, donde celda, borrador, ausencia, razón, sentidos, entre millares de palabras que nos han sido presentadas desde la infancia, siguen reverberando como los lomos de las ondas aguas que componen nuestro paisaje interno y externo.

En este inquietante libro, Smiths, entreabre la puerta del intangible lugar desde donde se efectúa el ejercicio de la poesía y el corpus en que pueda por fin ser escrita y difuminada fuera del cuerpo en que fue concertada.

Entre el decir y no decir se establece la tensión de la escritura. Entre el pensamiento y la boca un abismo de centímetros, un universo insondable. Pues, ellas, las palabras, habitan al borde de nombrarse.



Malú Urriola

*PRESENTACIÓN DE EL MARGEN DEL CUERPO, NOVIEMBRE DE 2008 EN JORNADA CULTURAL SAN ANTONIO SE ARMA, LLO-LLEO.

texto acá