26 agosto 2010

Palabras al borde. Por Roberto Bescós.






La sensación del borde, asomarse al borde de las palabras, de la respiración. Es lo primero que nos asalta al ir sumergiéndose en el tejido de la escritura de Smiths. Ocurre que cuando circulamos en un terreno tangible vamos determinando las sombras y la luces que en torno se reflejan pero con la dimensión sintáctica sólo podemos transitar sobre la cuerda en el lomo del abismo.

En el 2008 se produce la publicación de la primera edición de la obra "El Margen del Cuerpo", Editorial "Fuga" (Santiago), de Florencia Smiths. Ella nació en San Antonio en el año 1976, profesora de Castellano y licenciada en educación de la Universidad de Playa Ancha de Valparaíso (2002). Anterior a la aparición de su primer libro ha publicado en diversas antologías de la poesía joven, como Antología Poética Universidad de Playa Ancha (2002), "El Mapa no es el Territorio", antología de la joven poesía de Valparaíso, dirigida por Ismael Gavilán (Edit. Fuga, 2007), Escrituras Públicas (Economía de Guerra, 2008). Ha participado además en innumerables encuentros y lecturas públicas de poesía.

Florencia en cierta oportunidad intentó definir el oficio solitario que acomete diciendo que "La poesía es la contradicción. Es la tristeza y la muerte, pero también el placer y el privilegio. Pero, tampoco creo que sea eso... Es decir, no quiero explicarme lo que es, no quiero hablarme... no puedo saberlo, no puedo comprenderlo". Es que se advierte en lorencia la preocupación de dilucidar su propio cometido transitando por posiciones que pueden traducirse por lo que expresa Malú Urriola: "No conozco más vida que esta de sentarme a escribir y no sé por qué me siento, y no sé por qué escribo, no sé por qué me siento y escribo, como una fatalidad escribo". En la ruta del escribir, esta cosa inútil, desesperada y maravillosamente inútil, la soledad. Margueritte Duras lo plantea: "La muerte o el libro".

Florencia Smiths sostiene su escritura pespunteando, titubeando magníficamente. Ella alude y elude, dice y no dice: "De pronto se encontró con las palabras. Estaban allí, en ese lugar que no suele darles, en esa construcción velada por no poder enmarcarse, por no saber los cortes, las distribuciones". Así empieza la trayectoria de un texto de factura simétrica y exploratoria en donde la autora le imprime a la escritura la intención del que relata a tientas, como rozando con la yema de los dedos los objetos, los signos, en este caso la punta del vestido de las palabras. Texto que al desmenuzar presentimos las claves que le alimentan, los desbordes, los balbuceos: "el ruido cortado que infunde el lápiz cada vez que se hace al margen".

El libro de Smiths es un especimen raro, limpio de giros que nada puedan significar, intransitando en el tópico, veraz por ende. En un estilo inusual, de elocuencia muda, con el titubeo como método, Smiths utiliza la grafía con pausas, detenimientos, echando el puente entre el decir y la articulación. Florencia discurre, se abre a una certidumbre ciega: "Cómo será - se pregunta - una vida de importancias, un aprender a escribir siempre por vez primera, analfabeta, ignorante, holgazana de su propia conciencia; vaciada, contenida, prohibida para asir".

Es interesante el rompimiento, el desempaquetamiento de las formas individualizadas como clásicas con las que son identificadas la poesía como poesía y la prosa como prosa. El interespacio, la posibilidad "técnica" de la ambigüedad como género es un rasgo en la escritura que maneja Smiths en su "inquietante libro", cometido que es halagueño para quienes nos disgutan los encasillamientos. Es lícito tal vez, con el temor de caer también en el círculo de las definiciones aventuradas, apuntar a que Florencia ensaya la poesía, es decir, "presiente las palabras que se avecinan".-

Publicado por Roberto Bescós, en Diario local EL ESPECTADOR.

16 agosto 2010

Tatuaje, por Daniel Hidalgo.


O CÓMO ENTIENDO LA LITERATURA DE MUJERES A PARTIR DE EL MARGEN DEL CUERPO DE FLORENCIA SMITHS

Por esas ideas extrañas que a veces acuden a mi cabeza, tomé durante el año pasado en el Magíster en Literatura que cursaba en la Universidad de Chile (hablando de ideas extrañas), un ramo que era para el Magíster de Estudios de Género. Debo reconocer que, más allá de que algunas clases iban a estar dictadas por Nelly Richard, en realidad me gustó más la idea de tener muchas compañeras y así no aburrirme y sucumbir tanto en los nodos teóricos que escupen en las clases de este tipo de carreras. Primer punto a tener en cuenta: al menos en eso, le achunté. Resultó que me divertí increíblemente en las clases, algunas compañeras eran muy guapas, otras muy tiernas, y llegué a ser una especie de mascota confesora dentro de la clase, un extraterrestre adorable al que jamás le fue negado contacto alguno, a pesar de no lograr salir con ninguna de ellas. Comprobé, además –porque lo intuí siempre–, la existencia de una categoría de nueva chica militante del discurso femenino, dueña de una retórica –a diferencia de las estudiantes de literatura en donde el coa académico anula y ridiculiza cualquier matiz político– combativa, un híbrido entre callejero y político-teórico, pero terriblemente encantadora a la vez.
Otro punto: Mis antiguos profesores universitarios en Valparaíso, aquellos que enseñaron los códigos de teoría literaria y estética a los profesores que hoy no enseñan algo ni remotamente parecido a sus alumnos en colegios y liceos (sí, estudié pedagogía en castellano), pertenecían a esa escuela teórica ochentera que descubrió la literatura de mujeres desde la academia como último caballito de batalla posible en un contexto de vacío, silenciamiento, y agotamiento de las escuelas anteriores. Recuerdo a una profesora prohibiéndonos usar la expresión “poetisa” durante una disertación, porque de aquí en adelante “la poeta” sería la forma de equiparar el tortuoso trabajo femenino de escritura con el horrendo masculino.
Esas son las divagaciones previas que se me aparecen como fantasmas de medianoche, al momento de enfrentarme a la primera publicación de la poeta de San Antonio, Florencia Smiths (1976), la cual recibe el nombre de El margen del cuerpo (Editorial Fuga, 2008), detalle nada de azaroso, su título, tomando en cuenta que a lo largo de sus textos, poemas en prosa y en verso, de menor y larga extensión, será centro la idea del cuerpo femenino como soporte de textos ligados a la tradición de escritura de género, a la manera de tatuajes que se estampan sobre la superficie de su propia figura.
“De pronto se encontró con las palabras” será la línea que abrirá el texto, evidenciando cierto método de producción que la autora sostendrá como ars poetique a lo largo del libro. Una estrategia, por lo demás, borgiana, en donde Smiths se alimenta de sus lecturas para articularlas entre ellas y exponerlas, posteriormente. Nótese, desde ya, la marca de género implícita en este libro como eco del acto de escritura de mujeres en general: la biblioteca occidental, aquella con la que el viejo Borges pretendía crear un mundo propio y nicho evasivo, pero que además materializó como un ejercicio constante de conformación de un listado canónigo de textos que terminarían construyendo nuestro imaginario común y occidental, es concebido como un espacio –el de la casa, de la ciudad, de la sociedad– profundamente masculino, al que la niña hablante de estos relatos, entra por casualidad, infiltrándose, topándose con ellos, los libros, y sorprendiéndose con esas primeras lecturas. Ese encontrarse con la palabra es siempre encontrarse “ella”, larvaria, silenciosa y lectora, con la palabra de un “otro”.
A propósito del tema, recuerdo una de las conversas más melancólicas y alucinadas que tuve con una amiga, en la cual se quejaba de la idea que ciertos productores textuales tenían de “la musa” y de su búsqueda desenfrenada y obsesiva. Pensé que bromeaba y le consulté sobre si en la academia, en los talleres literarios, e incluso en las juntas de pubs para poetas, aún alguien creía en la patética idea de una musa –bajo esa concepción homérica de súper-chicas inspiradoras de música, poesía y deseo, escapadas de un olimpo pequeñoburgués–. Tras su afirmación, me dijo que para los poetas, la musa lo era todo, y era el peor karma que podía caer sobre la mujer, una injusticia machista de proporciones cósmicas. A pesar de que sólo asentí, en realidad, siempre pensé lo contrario: recurriendo al campo histórico-biográfico, las Laura, las Elisa, las Matilde, no eran más que el boceto insoportable en el que los poetas de la historia terminaron evidenciando sus patéticas patologías. Nada peor que se te cruce una musa en tu camino. Es por esto que rara vez, creo en el padecimiento amatorio de los versos de la Ibarbourou o la Storni, porque si hay algo que sabe hacer bien una mujer de letras, es destrozar un corazón deseoso y volver medio loco a quien se le ocurra enamorarse de ella.
Volviendo a lo de Florencia y su idea de lo metatextual, observaremos en El margen del cuerpo, a modo de citas y de estilo, así como de diálogo también, los distintos referentes a los que la poeta sanantonina busca rendir homenaje y encontrar afiliación: una tradición femenina principalmente del siglo pasado, aquellas lecturas tempranas de esta incipiente lectora que es la voz de estos textos, en la que sobresalen los nombres de Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou, Marguerite Duras y Gabriela Mistral, principalmente. Un canon-otro del cual se vale para reinstalar, como sus precursoras, el tema de lo femenino desde una perspectiva doméstica, dolorosa y erótica, a través de poemas que van desde la apropiación de la lengua –masculina–, mediante la resistencia, como en el siguiente caso:
“ella no quiere volverse
un sinónimo más
de este cuaderno de poemas”
O mediante el intento práctico, como en este otro:
“cómo será (…) un aprender a escribir siempre por vez primera”
Así también, las páginas de este libro estarán marcadas por constantes guiños, sutiles, al autoflagelo, que simbolizan, por una parte, la imposibilidad de abordar el lenguaje; y por otra, la de establecerse como sujeto autónomo femenino. Cito:
“sujetada a esta vida por las muñecas
la corta el silencio
se derrama lenta”
Se evidencia en este punto que aquel margen del cuerpo es, también, su cicatriz, el tatuaje que jamás desaparece. La idea de renuncia al cuerpo por medio de la intervención y la destrucción de ese todo idealizado y perfecto.
Es quizá ésta, una de las razones por la cual Florencia Smiths se aleja de sus pares contemporáneos en poesía. Por responder a una tradición alterna, que realiza un salto de unos cuarenta años en cuanto a la producción de literatura de mujeres, y que le permite una dinámica de trabajo en la que simula aquel momento histórico que libró las primeras batallas en cuanto a la corporalidad del texto y a las inquietudes de la mujer contemporánea y su repensar como ser humano, crítico, pensante y dialogante. Smiths escribe desde ese margen, ese borde, el de la sexualidad de la escritura, pero a la vez de aquel espacio territorial alejado de la performance vaginocéntrica capitalina, para abordar el tema del lenguaje y la mujer desde la provincia, esa casona abandonada y húmeda, estancada en el tiempo y en cuyo living descansa una biblioteca anómala de un lenguaje propio y ajeno a los códigos de la vida moderna.

Daniel Hidalgo
Revista literaria virtual

01 abril 2010

El sujeto en construcción. Por Julieta Marchant.



Aproximaciones a la poesía de Florencia Smiths: el sujeto en construcción


Escritura femenina


No hablaré de la poesía escrita por mujeres en Chile como entrada a estas aproximaciones. Pero sí me parece necesario mencionar que resulta sospechoso ubicar al mismo nivel la poesía escrita por mujeres con la poesía femenina. Citada hasta el cansancio la afirmación de Beauvoir sobre que una no nace mujer, sino se hace, y situados desde el más arcaico acercamiento a la teoría de género, pensando en Joan Scott y en la distancia que separa al sexo del género; podríamos hablar de la literatura de Smiths como poesía femenina pues en el poema la mujer, afirmándose en su identidad de género, va urdiéndose y armándose. Podríamos también ubicarnos en la línea de Judith Butler, aludiendo a la conciencia del cuerpo como construcción, atravesada por la cultura y las convenciones. Desde Butler, el cuerpo es inimaginable fuera del espacio cultural que lo norma: la búsqueda mítica de un sujeto prediscursivo que funda la separación entre la naturaleza y la cultura o entre el sexo y el género, deviene en un gesto artificioso, como si en él pretendiéramos encontrar un lugar seguro para sostener los binarismos. Tanto desde Beauvoir como desde Butler, la identidad genérica es un proceso, y como tal está sujeta a cambios. Fijar dicha identidad no sería más que una regulación social que delata parámetros y deberes.


Este breve preludio no es gratuito: la poesía de Smiths parece tener plena conciencia del ir haciéndose que, en el caso de las mujeres, se sitúa en un camino pedregoso y repleto de otredades. Pero no sólo eso: en Smiths, además, está presente el tema del lenguaje que, en el caso de una escritura que apunta a lo femenino, resulta un conflicto fundamental. Aunque suene a chiste repetido, sabemos del peligro que acecha cuando confiamos en la referencialidad de la lengua. En el caso de lo femenino, el peligro es doble: “Exige el descenso a una misma con un discurso prestado: el del productor” (Bellesi 9), es decir, las mujeres, insertas en un lenguaje que no alcanza a la cosa en sí, están asimismo ancladas a la norma del discurso del patriarcado. Diana Bellesi confía en que la escritura femenina “fundará una nueva escritura” (9), desde la posición del outsider, situado al margen, fuera de la normatividad que presiona la sexualidad de las mujeres. Pero para que ello se produzca, y sabiendo de antemano que resulta imposible escribir fuera del lenguaje que es en sí un mecanismo utilizado por el poder, ha de existir la conciencia del centro, de la regla que pretende homogenizar los discursos. Para salir de ahí es inevitable el cuestionamiento, incluso el merodeo, las vueltas y revueltas. O como propone Hèléne Cixous, “[s]i la mujer siempre ha funcionado «en» el discurso del hombre, (…) ha llegado el momento de que disloque «en», de que lo haga estallar, le dé la vuelta y se apodere de él” (59). Esto es conocer sus mecanismos internos para darlos vuelta desde adentro, operando como un modo distinto, un nuevo acceso a los hilos delgados y siempre débiles de la palabra.




El lenguaje: registro y resistencia


En el caso de Smiths aquello es muy evidente. Podríamos decir que su apelación al lenguaje como lugar equívoco y, a pesar de ello, ineludible, la separa de gran parte de la poesía escrita en Chile por poetas emergentes mujeres. La duda aparece una y otra vez, es un gesto curvo y a veces circular de auto-reflexión: “que las referencias son todas prestadas, que no se puede narrar de verdad ninguna noche, que las palabras se le secan saliendo por los labios” (El margen del cuerpo, 33) o “sabe que no son denominaciones únicamente suyas” (El margen del cuerpo, 23). Esta condición de préstamo evidencia un sujeto que, en la búsqueda de lo propio, sabe de un posible fracaso al sumergirse en el lenguaje, pero que, a pesar de esto, habla y nombra. Dicha conciencia parpadea sucesivas veces, hace decaer la voz, que nuevamente se alza por dos motivos fundamentales. El primero radica en la escritura como refugio, quizá como único refugio posible: “Pero todo llega hasta cuando escribe, entonces siente que encuentra” (El margen del cuerpo, 16) y, en el mismo verso, el segundo motivo, la necesidad de registrar: “y que estampa”. Este libro en particular revela la necesidad imperante de registrar, de recuperar la memoria, de dejar una huella de lo propio como una ruta de búsqueda y encuentro: “anotar, en todas las direcciones, vehemente, en las paredes y sus planas, sin cotejo, sin diccionario ni normas, registrar, hasta el cansancio” (El margen del cuerpo, 37).


En su desesperación, anota en todas direcciones; en su necesidad incomensurable de registro, El margen del cuerpo se transforma en un cuaderno semejante a los diarios de vida de infancia que dan cuenta de esa memoria privada que constituye al sujeto. Ello es más obvio aún cuando notamos probablemente uno de los leiv motiv del libro: recoger los retazos de una niña de nueve años que se ha quedado ahí, en los nueve, huellada por la muerte, por el suceso mismo de la muerte que le ha dado como un golpe en la cara. La pérdida del padre y, en esa carencia, la voz que se sumerge y nada en la búsqueda de sí en tanto niña, en tanto mujer, en tanto sujeto que posee un sólo modo de dejarnos un documento: el lenguaje. Pero ella no se conforma, forcejea con el lenguaje, con sus propios recuerdos y faltas, y consigo misma. Como Pizarnik y sus otras hablándose: “alejandra alejandra/ debajo estoy yo/ alejandra” (65), Smiths también apela a la multiplicidad de voces: “La que sale por su cara le ha dicho que todas ahí adentro están alborotadas” (El margen del cuerpo, 26). Esto es un sujeto en construcción, descentrado, compuesto por varios hilos que no siempre se mantienen alineados, sino al contrario, conforman una madeja, de la cual la voz toma una punta para desovillarse.


Ahora bien, no todas las voces que habitan pertenecen al mismo orden: “pero sabe que le están dictando desde adentro” (El margen del cuerpo, 27). Existe, como en el gesto desesperado de registrar, una mecanización de la voz o tal vez una de ellas que pretende unificar, aunar y centrar. Desde allí podemos entender el símbolo de la mano que aparece en este libro: como mutilada del cuerpo, escribe y escribe, automáticamente intenta anclar la inscripción: “su mano, se aprende las líneas de memoria” (28); “el baile de una mano que aterriza en la loza” (35). Esa mano mecanizada y la voz que presiona por homogenizar, se vinculan a la resistencia que está presente en todo el escrito: “dejar atrás lo ajeno, esa otredad que también la fomenta, para desasirse de las señas que le imponen, de los gestos que no son suyos pero que le obligan a cometer” (20). Como Bellesi y como las demás teóricas citadas anteriormente, Smiths confía en un espacio de resistencia. A pesar de todos los peros, éstos son plenamente concientes: pero el lenguaje, pero la imposición de un centro, pero el deber ser. Frente a ello, el registro de las cavilaciones, del proceso mismo que es recuperación de la historia privada; la resistencia de Smiths es finalmente dejar un huella: “Ella no quiere volverse/ un sinónimo más/ en este cuaderno de poemas”, quiere ampliarse y derramarse, no definirse porque “[e]staba el mundo mal escrito, distribuido en mal papel, anclado a nombres fugados” (11); no definirse, digo, porque el nombre implica una fuga, pero sí dar cuenta del arme y desarme del sujeto femenino.




De la extrema irregularidad


Este despliegue de forcejeos y de una lúcida conciencia del camino pedregoso que implica el espacio de lo femenino, es más duro e incluso violento en una reciente publicación de la autora: el poema “Las Muertas”, incluido en la Plaquette De la extrema irregularidad (San Antonio: Editorial Economías de Guerra, 2009). Aquí la voz derechamente interpela al otro, al contrario de lo que sucede en El Margen del cuerpo, donde el posible encuentro consigo misma implica un diálogo hondo y prolífico con lo propio. El poema abre con un “Tú/ tú me vas/ tú me vas a venir a decir a mí/ que estoy prestada” (sin numeración), en una apelación inmediata a un otro evidentemente masculino y opresivo. La voz que vimos en El margen del cuerpo, en ocasiones desnuda y mostrando costuras en su autorreconocimiento, recubierta de sí misma, y a la vez abierta; acá se cierra y se potencia para defenderse: “me vas a venir a decir/ que tengo la voz hecha un hilo/ apenas un silbido de páramo desierto”. Nuevamente se delata la conciencia aguda del lugar otorgado a las mujeres; frente a esta resistencia, pero no sólo eso, sino también la negación: “esa palabra que me creció hinchada/ y que dice No/ que se dice No/ que se sabe No/ que se inventa No”.


Este poema posee un giro muy preciso o quizá forma un círculo: comienza con esa apelación violenta, luego parece exhibir su condición precaria (“porque estoy prestada/ porque no sé decirme dejar de expeler así/ porque no sé darme de comer cuando hace frío”); y finalmente regresa a la inicial resistencia. Pero ese regreso contiene un cambio: cuando ha vuelto a ocupar el espacio combativo, la mujer se ha transformado: “me doblo y me incomodo y pareciera que fuese a/ quedarme en el desjuste/ y sigo ensayando hasta hincharme y endurecerme”. Aquí se revela la más importante de las negaciones y lo que provoca que no retorne exactamente al mismo lugar: su condición de ensayo y, sobre todo, el riesgo de desacomodarse, saliendo del parámetro y de la condición de préstamo, del encierro en algo que no le pertenece.


Así, tal como en El Margen del cuerpo, acá se da cuenta de una mujer-femenina en construcción. En este caso el recorrido pareciera encerrado en el triple movimiento mencionado anteriormente: resistencia, aceptación y resistencia de nuevo. Este último giro contiene en sí una conciencia más potente de la necesidad de salir del centro, del poder impuesto; por ello implica una transformación. Son los últimos versos los que nos dan la clave: “he de aprender a darme/ a mentirme/ a abrigarme/ a decirme/ a cantarme/ a conducirme/ a definirme/ esos son los verbos que nunca olvidamos/ es sólo que la historia nos hizo suponerlo/ es sólo que no estaba contemplado demorarse”. He de aprender a definirme, como un deber ser: la voz anuncia que debería, pero que ese quehacer se relaciona con la historia que intenta fijar. Demorarse, entonces, implica la noción de proceso, de estar armándose.


Ambos trabajos están estrechamente conectados. Podríamos perdernos en formalidades como el cambio de prosa a verso, o la distancia que poseen en cuanto a ritmo interno, a la música que emerge de ambos textos; pero no es suficiente. En el fondo, en los hilos más profundos, en las hebras articuladoras de ambos, notamos direcciones semajantes. Ejes que podrían situarse en un margen, pero ya no un margen inmóvil (que de esos abundan), sino de un espacio que está interconectado con el que pretende ser centro, que lo interpela y lo conoce. En medio de esos tira y afloja entre lo propio y lo ajeno, existe una mujer de nueve años (en El margen del cuerpo), o una que simboliza la violencia de la que ha sido presa (en “Las Muertas”), pero una mujer al fin y al cabo que, en el conocimiento de sí misma, deja un documento de su proceso constitutivo. Smiths no se mueve entre certezas, porque desconfía y duda de lo que la rodea y de lo que carga adentro; esa capacidad de sospecha es parte considerable de su poética y provoca que su escritura reluzca notoriamente en nuestro escenario literario actual.


Julieta Marchant (Santiago de Chile, 1985). Licenciada en Literatura por la Universidad Diego Portales. En el año 2008 obtiene la beca de la Fundación Pablo Neruda, y se desempeña como productora general de la revista literaria Grifo. En el año 2009 organiza, junto a Alexia Caratazos, el ciclo “desbordes: encuentro de arte femenino”; dirige la revista Grifo; y publica su primer libro de poesía: urdimbre (Valparaíso: Ediciones Inubicalistas, 2009). Actualmente trabaja en la Universidad Diego Portales y cursa sus estudios de Magíster en Literatura en la Universidad de Chile.


Publicado en LA CALLE PASSY, blog de literatura y crítica literaria contemporáneas, el 15 de febrero del 2010.

La materialización de una polisemia.


EL MARGEN DEL CUERPO DE FLORENCIA SMITHS


La palabra como herramienta fundamental del oficio de escribir, es en la más sutil de las concepciones una ágil daga que atraviesa los sentidos, este es uno de esos casos en que un autor, nos toma fuerte de las manos o simple y llanamente nos empuja dentro de los laberintos de su existencia, verso tras verso, en un poema o línea tras línea en prosa.


Florencia Smiths nos sobrecoge en una prosa poética desencarnada, a ratos áspera, adjetivada y vigorosa. Nos arrastra a situaciones vividas por un alter ego sensible. Surge la duda lógica de quién describe a quién: Si es el Yo lírico que observa con sesgo de crueldad al sustrato real donde esta contenido, así las cosas, jugando el rol de observador impasible o una persona que utiliza la poesía como acto de catarsis infructuosa.


El sesgo de crueldad es tangible en las adjetivaciones que menoscaban el actuar del otro, así es lector, hay un cisma que hace que el hablante lírico se describa como en tercera persona, esa falta de compasión divide el espejo de la realidad, creando la ficción de dos universos diferentes.


La catarsis de hablar, la sanación del espíritu como meta, es un albur que no se materializa, este cuerpo es vigilado por otra entidad al margen de él, recopila sus datos, sus experiencias, cruza el Rubicón cuantas veces sean necesarias para crear imágenes poéticas en el delicado arte de desnudar el espíritu, no falto de un ojo clínico rayando en lo científico:


“Escribiendo acude a las superficies, a la escara, a la sutura, puede nombrar cuanto existe, hacerlo existir, como si tuviese desde mucho antes la experiencia de la sintaxis, en contraposición de ese defecto de la adaptación”


No se debería pensar en que esto enfría el temple de la poeta, la pasión se encuentra explícita e implícitamente en extensos pasajes de esta obra:


“Tuvo que enseñarse a combatir esa dual desidia, esa doble batalla de elegirse opuesta y correr el riesgo de suspender acaso siempre- la otra mitad”


Se cree que la Poesía tiene la cualidad que posee el agua, en cuanto a la adaptabilidad del continente y el contenido, puede ser, que el yo poético subsista con esta cualidad dentro del cuerpo del poeta. No es este el caso. Y aquí descubrimos el primer significado de cuerpo, y porque está al margen, escindido de una manera fatal que se descubrirá en las últimas palabras de este libro.


El segundo significado es meramente estético, se nos presentan los textos en amplia mayoría como un párrafo compacto, en que hay poco espacio para el lúdico ejercicio de los silencios. Salvo, en los versos en que se crea un efecto de vacío que invita inevitablemente a la reflexión, no es un descanso a la mente escrutadora del lector, es la ductilidad del vértigo propio del avance del texto y del silencio.


Los márgenes en contraposición al texto, impresionan notablemente. Ese es el segundo significado del cuerpo.


Continuamos en esas líneas que nos imponen entereza, en ese filo del espejo que a veces, nos es imposible asir sin herirnos.



Crítica publicada en revista CINOSARGO, 18 febrero 2010.